martes, 6 de enero de 2009

Trompetilla


No sé si a mis cuatro lectores los célebres Reyes Magos les hayan quedado a deber algún regalo. Pero lo que es a mí, me dejaron bailando con una Xcalextric que nunca me trajeron. Eso sí, no me puedo quejar porque la bicicleta que tanto anhelaba llegó puntualmente, aunque compartida con mis dos hermanos.
Desde luego, entre los juguetes que me trajeron alguna vez estuvo una pistola. Una de dardos de color azul, que apreciaba tanto que el día en que se perdió, aquello fue un mar de lágrimas… y cuando reapareció, misteriosamente detrás de la estufa fui inmensamente feliz. Hasta que la condenada volvió a desaparecer. Pero tuve pistolas de varios colores y sabores: rojas, negras, plateadas y doradas, de chinampinas, dardos y agua. Nunca pedí una de diábolos, porque cuando se me antojó ya no estaba en edad de escribirle cartas a Melchor, Gaspar y Baltazar. Y cuando tuve edad y dinero para comprarla, ya no me dieron ganas.
Mi infancia transcurrió, por lo tanto, entre pistolas de juguete —y otras no tanto—, resorteras y unas ballestas de fabricación casera para lanzar fichas —todas las tapas de los refrescos eran entonces de metal—.
Por eso es que ahora que llega el Día de Reyes y las buenas conciencias, algunas almas caritativas y algunos padres de familia condenan las armas bélicas, yo me lanzo con una sonora trompetilla… Mientras fui niño, jugué incesantemente a las luchas, la guerra, indios contra vaqueros… mate y me mataron… y no me convertí ni en asesino psicópata ni en asaltante ni en salteador de caminos ni en cada que se le parezca.
Algunos especialistas —o seudo especialistas— e incluso algunas instituciones ponen el grito en el cielo ante las pistolas, rifles y metralletas de juguete. Las condenan y hasta las destruyen en ceremonias especiales. Otros condenan la violencia en las caricaturas y, desde luego, en los juegos de video. Se atreven a decir que esos juegos violentos pueden traer como consecuencia niños agresivos y una mayor carga de violencia.
Si así fuera, nueve de cada 10 de los actuales adultos de mi pueblo seríamos unos matones consumados. Y no es así.
Son juguetes y forma parte del desarrollo de los niños. Otra cosa es que haya padres de familia que son subnormales consumados y no vigilan ni los juegos ni ninguna actividad de sus hijos.
El colmo es que algunas autoridades pierden su tiempo poniéndole marca personal a los llamados juguetes bélicos.
Para taparle el ojo al macho. Porque con la violencia de verdad —la criminal—, no pueden.

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