Ni catarrito ni nada.
Aunque millones de mexicanos se truenen los dedos todos los días porque no saben si van a comer —y anoche no cenaron—, para otros la crisis es inexistente.
Ven la tempestad y no se hincan.
Ahí están los líderes sindicales que celebraron la reelección del cetemista Joaquín Gamboa Pascoe con música guapachosa, bailarinas semidesnudas y, desde luego, sus relojotes de 70 mil dólares y sus automóviles de medio millón de pesos.
O los consejeros del Instituto Federal Electoral, que se dieron un aumento de salario del ciento por ciento, por el que desde ahorran ganar 330 mil pesos mensuales… un millón de pesos cada tres meses… cuatro millones de pesos al año.
¿Cuál crisis?
En crisis los jodidos. Los 300 mil mexicanos que perdieron su trabajo en enero. Los dos millones sin empleo. Los 50 millones de mexicanos en alguna condición de pobreza.
Para las élites, sobre todo políticas, esos mexicanos se tienen que rascar con sus propias uñas.
Mientras ellos, líderes de trabajadores o los organizadores de nuestra democracia —por ejemplo—, viven a cuerpo de rey.
No sé qué pueda significar para esos mexicanos la crisis económica. No me lo imagino. Debe ser algo místico, una idea, algo que tal vez —sólo tal vez— sepan que existe y se padece, pero que no siquiera se imaginen sus dimensiones. Leerán las noticias sobre la crisis, el desempleo, las carencias, la deserción escolar, el alza de precios de productos básicos, el dinero que no alcanza y las protestas gremiales, empresariales y populares. Sin embargo, podría apostar a que no lo entienden. Está fuera de su comprensión.
Y cómo podrían compenetrarse… Si los consejeros electorales cada día ganan 11 mil pesos. Mientras un trabajador promedio obtiene 200 pesos diarios.
La diferencia es abismal.
Es insultante.
Porque un trabajador que nunca falte a sus labores puede obtener en un año de labores 73 mil pesos. Que es la quinta parte de lo que gana un consejero electoral. Y necesitaría 10 años de trabajo para comprarse un relog de líder sindical.
Crisis para los jodidos. Para el vulgo —del que formamos parte—. Y a las élites les viene valiendo madre.
jueves, 26 de febrero de 2009
miércoles, 25 de febrero de 2009
Corralitos
Ayer fui al acto del día de la bandera organizado por el gobierno estatal.
Fue un acto muy lucido y muy bonito. Con la misma cantidad de seguridad que se ha hecho costumbre en esta clase de acontecimientos. Es decir, harta.
Y los corralitos. Que no sé quién habrá inventado, pero que son una medida estupenda para mantener a raya a quienes no deben estar en un lugar que no les corresponda.
Si han estado presentes en un acto público del gobierno del estado de México en tiempos recientes, saben a lo que me refiero. Si no es así, permítanme describirlo.
En tiempos remotos de los gobiernos revolucionarios, el baño de pueblo era fundamental. La catársis de los ciudadanos al entrar en contacto con sus gobernantes… aún es así, pero es más difícil. Porque en la antigüedad —digamos el siglo pasado— muy pocas cosas separaban a los altos funcionarios de sus conciudadanos. Tal vez alguna valla compuesta por policías y la propia pelotera integrada por el pueblo en busca de auxilio, un saludo o una mirada de cerca.
Pero con la llegada de la alternancia en el poder —esta es una de las cosas que le debemos a la transición democrática—, el baño de pueblo se evaporó.
Ahora cualquier acto público de alguna importancia deben contar con algunas aduanas —creo que les denominan filtros— donde algunos pueden pasar, dependiendo de su valía y funciones.
Las tales aduanas se construyen mediante vallas de metal de color blanco, de un metro 20 de altura, enlazadas unas con otras y con el valor agregado de un policía. Algunas llevan una cubierta de tela de color verde. Las vallas se disponen de modo que el estrado queda perfectamente delimitado y a partir de él se van distribuyendo, casi siempre en forma rectangular, de modo que los distintos publicos se van acomodando dentro de cercos más lejanos o cercanos, grandes o chicos, vigilados o descuidados —aquí hay que reconocer que aunque somos del mismo barro, no es lo mismo catrín que charro—, según su jerarquía. Los cercos rectangulares conforman por sí mismos los corralitos. Zahurdas o lo que ustedes, mis estimados cuatro lectores, dispongan.
Eso sí, al final no hay pero que valga. A una orden imperiosa nadie sale de su corralito. Quien quiera hacerlo pasará un coraje de los mil demonios, pero ni traer su credencial de elector firmada por el ínclito Chuayffet o su gafete vi ai pi, lo salvará de detenerse hasta que otra orden permita el libre tránsito.
Y aunque parezca molesto, es una magnífica medida para evitar indeseables.
Ayer, sin ir más lejos, me alegré de quedar fuera del alcance de ciertos políticos. Porque no se sabe qué clase de mañas o carencias neuronales se puedan pegar por ósmosis.
Fue un acto muy lucido y muy bonito. Con la misma cantidad de seguridad que se ha hecho costumbre en esta clase de acontecimientos. Es decir, harta.
Y los corralitos. Que no sé quién habrá inventado, pero que son una medida estupenda para mantener a raya a quienes no deben estar en un lugar que no les corresponda.
Si han estado presentes en un acto público del gobierno del estado de México en tiempos recientes, saben a lo que me refiero. Si no es así, permítanme describirlo.
En tiempos remotos de los gobiernos revolucionarios, el baño de pueblo era fundamental. La catársis de los ciudadanos al entrar en contacto con sus gobernantes… aún es así, pero es más difícil. Porque en la antigüedad —digamos el siglo pasado— muy pocas cosas separaban a los altos funcionarios de sus conciudadanos. Tal vez alguna valla compuesta por policías y la propia pelotera integrada por el pueblo en busca de auxilio, un saludo o una mirada de cerca.
Pero con la llegada de la alternancia en el poder —esta es una de las cosas que le debemos a la transición democrática—, el baño de pueblo se evaporó.
Ahora cualquier acto público de alguna importancia deben contar con algunas aduanas —creo que les denominan filtros— donde algunos pueden pasar, dependiendo de su valía y funciones.
Las tales aduanas se construyen mediante vallas de metal de color blanco, de un metro 20 de altura, enlazadas unas con otras y con el valor agregado de un policía. Algunas llevan una cubierta de tela de color verde. Las vallas se disponen de modo que el estrado queda perfectamente delimitado y a partir de él se van distribuyendo, casi siempre en forma rectangular, de modo que los distintos publicos se van acomodando dentro de cercos más lejanos o cercanos, grandes o chicos, vigilados o descuidados —aquí hay que reconocer que aunque somos del mismo barro, no es lo mismo catrín que charro—, según su jerarquía. Los cercos rectangulares conforman por sí mismos los corralitos. Zahurdas o lo que ustedes, mis estimados cuatro lectores, dispongan.
Eso sí, al final no hay pero que valga. A una orden imperiosa nadie sale de su corralito. Quien quiera hacerlo pasará un coraje de los mil demonios, pero ni traer su credencial de elector firmada por el ínclito Chuayffet o su gafete vi ai pi, lo salvará de detenerse hasta que otra orden permita el libre tránsito.
Y aunque parezca molesto, es una magnífica medida para evitar indeseables.
Ayer, sin ir más lejos, me alegré de quedar fuera del alcance de ciertos políticos. Porque no se sabe qué clase de mañas o carencias neuronales se puedan pegar por ósmosis.
martes, 24 de febrero de 2009
Vitola

Guardo en mi memoria, como uno de los recuerdos más regocijantes, a un grupo de cómicos cantando al unísimo: ¡Sputnik, Sputnik, Sputnik, Sputnik!, y a Vitola lanzar un estentóreo grito de soprano: ¡aaah!…
La actriz Fannie Kauffman, mejor conocida como Vitola, encarnaba en ese filme a la princesa Natasha Natalia Nicolayevdka… en medio de un grupo de locos de manicomio. Del título de la película no me acuerdo, sólo de ese detalle, de la canción y de que en ella apareció también Germán Valdés, Tintán.
Vitola apareció en docenas de películas cómicas filmadas en las décadas de los cuarentas, cincuentas y sesentas.
Y se murió el pasado fin de semana. A los 84 años de edad.
Supongo que igual de flaca que siempre y con esa sonrisa, entre sarcástica y estrepitosa, que siempre ofreció en sus películas.
Cierto es que no fue una belleza típica. Pero aprovechó sus cualidades físicas para sobresalir en el medio artístico y aparecer en películas hechas todavía hace cosa de 20 años. Es decir, se mantuvo no menos de cuatro décadas en el candelero, cuando lo normal el día de hoy es que las estrellas fulgurantes del firmamento artístico nacional sean flor de un día.
Fannie Kauffman nació en Toronto, Canadá, un 11 de abril de 1927, pero vivió en Cuba desde sus primeros años y ahí se inició como cantante. Como lo exigían los tiempos, hizo carrera como comediante, faceta con la que llegó a los escenarios mexicanos, en los que debutó en 1943. Su prolífica trayectoria cinematográfica comenzó en 1946, en la cinta Se acabaron las mujeres, dirigida por Ramón Peón.
En casi todas las películas que filmó entre la década de los cincuentas y los setentas apareció de ella misma. Es decir, en el personaje de Vitola. Extraordinariamente interpretó algún otro personaje —como la citada princesa—, aunque básicamente siempre salía de ella. Su humorismo, la voz hasta cierto punto chillante y la figura delgada fue común denominador de numerosas comedias de la época de oro del cine nacional.
Y no es que todo tiempo pasado sea mejor. Pero los comediantes de antes no eran como los de ahora, que hacen humor a partir del doble sentido y la directa leperada.
Como dijo Vitola, en alguna entrevista: “Vivíamos como en otro mundo a no ser que yo venga de otro mundo por eso veo hoy las cosas tan distintas. Todo muy revuelto, complejo. Está para llorar”.
Y conste que no se refería ni a las ejecuciones, la recurrente crisis o la inseguridad pública.
lunes, 23 de febrero de 2009
Sepúlveda

Historia de una gaviota y del gato que la enseñó a volar y Un viejo que leía historias de amor, son dos de los libros más recientes que han pasado a formar parte de mi colección. Ambos de la pluma del chileno Luis Sepúlveda, afincado desde hace años en España.
Los dos los leí, como se dice en términos coloquiales, en una sentada. De un tirón.
El primero, lo leí porque estaba en oferta y la contraportada decía que era un relato que Sepúlveda había escrito para sus hijos. El segundo, porque el chileno ganó la semana pasada el Premio Primavera de Novela —dotado con la friolera de 200 mil euros— y ahí supe que Un viejo… es su libro más traducido.
Algo debe tener, me dije a mi mismo —porque me caigo muy bien y de pronto entablo conversaciones de esas que son propias de los trastornados, como ya he confesado otras veces que soy—. Y me lo merqué.
Sumando la cifra que destine a los dos títulos mencionados, han sido los ciento y tantos pesos mejor gastados en los últimos meses. Porque Luis Sepúlveda tiene esa facilidad para contar las cosas, que ya la quisiera cualquiera que se dedica a eso de las letras.
Hasta estoy pensando en declararme fan. Pero como guardo en la memoria que antes de estas dos novelas leí alguna otra cosa de este chileno sin gran convencimiento, tengo que cerciorame. Es decir, tener una tercera opinión.
Sepúlveda es, por otro lado, un hombres que se declara un viajero. Sobreviviendo del golpe de Estado chileno de septiembre de 1973, es de aquellos pocos que saben concientemente que estamos de paso. En una entrevista relató: “veo a un hombre que estaba a punto de cumplir los 23 años y que en medio de la balacera la única idea que le rondaba era esta: ‘Joder, si salgo vivo, mis hijos y mis nietos nacerán y crecerán en países lejanos, hablarán otras lenguas, tendrán que fundar sus propias tradiciones’. Hay quienes aseguran que los viajes les han permitido conocerse mejor a sí mismos. Es posible. Yo he sido un tipo afortunado que en los cuatro puntos cardinales ha encontrado solidaridad, y eso me ha reafirmado y me ha hecho algo más fuerte”.
Mientras, es mi deber recomendarles Historia de una gaviota y del gato que la enseñó a volar y Un viejo que leía historias de amor. Advierto que no se trata de libros que tengan algo de suspenso y la ficción que se acostumbra ahora y que vende miles de libros de vampiros, brujos o situaciones detectivescas… que también son volúmenes dignos de leerse.
viernes, 20 de febrero de 2009
Vivir fuera del presupuesto…
Supongo que es cosa de la crisis económica. Y del desempleo galopante que vivimos en el estado de México.
El caso es que docenas de ciudadanos de bien —es un decir— del estado de México quieren ser candidatos a algún puesto de elección popular.
Quieren ser síndicos, regidores, presidentes municipales y en menor medida diputados locales y federales —porque en estos dos últimos casos se necesitan palancas o una importante carrera en el sector público—.
Las candidaturas son finitas. Pero las ansias de servir —o servirse— a la administración pública se han propagado por miles de personas, si contamos a todos los partidos políticos.
Pareciera que la máxima de vivir fuera del presupuesto es vivir en el error —frase atribuida a César Garizurieta, apodado El Tlacuache— es la consigna de vida de muchos mexicanos. O que ante la falta de empleo pues manque sea hay que buscar la posibilidad de ser candidato a regidor…
Y aunque sólo haya de seis a 10 posiciones —dependiendo del tamaño del municipio—, se inscriben como aspirantes centenares de personas.
Desde luego, todos se sienten con los atributos suficientes para ser ungidos candidatos por su respectivos partidos políticos. Porque además de su vocación de servicio público, los solicitantes del empleo —si usted prefiere, llámelos aspirantes— creen que son la última cocacola en el desierto. Aunque saben que necesitan una serie de bendiciones para que les toque en suerte ser elegidos candidatos, por lo que andan en peregrinar permanente, de antesala en antesala, intentando conseguir una promesa de que la candidatura —a lo que sea— ya la tienen en la bolsa.
El que no es el liderazo de una organización multitudinaria que ya merece ser tomada en cuenta, asegura que tiene tanta gente que es capaz de inclinar la balanza de las elecciones hacia el lado que se le antoje. Otros son recomendados, compadres o amigos de algún alto funcionario y por eso sienten que deben ser acreedores de la subordinación inmediata del resto de los aspirantes.
Pero como alguien tiene que revelar las verdaderas intenciones de este numeroso grupo de políticos, el arriba firmante declara solemnemente que el común denominador de los aspirantes es conseguir un trabajo que los haga olvidarse de cualquier crisis económica habida y por haber.
Mientras el resto de los mexicanos nos fregamos. Por la crisis. Y por los políticos que tenemos.
El caso es que docenas de ciudadanos de bien —es un decir— del estado de México quieren ser candidatos a algún puesto de elección popular.
Quieren ser síndicos, regidores, presidentes municipales y en menor medida diputados locales y federales —porque en estos dos últimos casos se necesitan palancas o una importante carrera en el sector público—.
Las candidaturas son finitas. Pero las ansias de servir —o servirse— a la administración pública se han propagado por miles de personas, si contamos a todos los partidos políticos.
Pareciera que la máxima de vivir fuera del presupuesto es vivir en el error —frase atribuida a César Garizurieta, apodado El Tlacuache— es la consigna de vida de muchos mexicanos. O que ante la falta de empleo pues manque sea hay que buscar la posibilidad de ser candidato a regidor…
Y aunque sólo haya de seis a 10 posiciones —dependiendo del tamaño del municipio—, se inscriben como aspirantes centenares de personas.
Desde luego, todos se sienten con los atributos suficientes para ser ungidos candidatos por su respectivos partidos políticos. Porque además de su vocación de servicio público, los solicitantes del empleo —si usted prefiere, llámelos aspirantes— creen que son la última cocacola en el desierto. Aunque saben que necesitan una serie de bendiciones para que les toque en suerte ser elegidos candidatos, por lo que andan en peregrinar permanente, de antesala en antesala, intentando conseguir una promesa de que la candidatura —a lo que sea— ya la tienen en la bolsa.
El que no es el liderazo de una organización multitudinaria que ya merece ser tomada en cuenta, asegura que tiene tanta gente que es capaz de inclinar la balanza de las elecciones hacia el lado que se le antoje. Otros son recomendados, compadres o amigos de algún alto funcionario y por eso sienten que deben ser acreedores de la subordinación inmediata del resto de los aspirantes.
Pero como alguien tiene que revelar las verdaderas intenciones de este numeroso grupo de políticos, el arriba firmante declara solemnemente que el común denominador de los aspirantes es conseguir un trabajo que los haga olvidarse de cualquier crisis económica habida y por haber.
Mientras el resto de los mexicanos nos fregamos. Por la crisis. Y por los políticos que tenemos.
miércoles, 18 de febrero de 2009
Los clones
Ora resulta que la piratería no existe.
Sí, no pongan cara de circunstancia. Los vendedores de películas y fonogramas piratas —vulgo cidís— han optado por anunciar que lo que venden son clones.
Porque hablar de películas o cidís piratas está muy mal visto.
Ya ven que ahora en todos los cines que se precien de serlo —y en algunos canales de televisión— hay campañas en las que se cuestiona a los padres de familia que adquieren en la calle, a dos por 15 o tres por 25, filmes piratas.
En uno de los anuncios que he visto recientemente, hay un grupo de niñas y dos de ellas se burlan de una tercera al grito de “¡tiene un papá pirata!” al descubrir en su habitación un dvd pirata —no podía ser de otra forma—; en seguida, la pantalla aconseja no comprar películas piratas.
Pero los vendedores de estos artículos ya se curaron en salud:
En vez de anunciar que venden películas piratas —obvio que no lo iban a hacer—, anuncian que venden películas clon.
Que no es lo mismo.
Pero es igual.
Así que uno puede ir por la vida comprando películas o fonogramas que ni siquiera han aparecido en las pantallas o en los estantes con la conciencia tranquila de lo que se ha comprado no es piratería. Sino un clon.
¿A poco no es bonita la forma con la que los piratas son capaces de encontrarle la cuadratura al círculo?
Nadie podría dudar del ingenio y la creatividad de los mexicanos. Mucho menos si se trata de asuntos que rayan en la ilegalidad.
No por nada México ocupa el tercero o cuatro lugar mundial en piratería. Y 65 por ciento del material musical que se venden en el mercado mexicano es pirata. Cifra en la que seguramente no se cuenta el intercambio de archivos vía internet, actualmente tan socorrido.
Por lo demás, la actual crisis hará que la piratería crezca otro 20 por ciento.
Y no es por defender a los piratas —¿ahora les tendremos que llamar clonadores?—, pero dados los ingresos promedio de una familia mexicana, para adquirir un cidí original de un artista de moda hay que destinar no menos de tres salarios mínimos, cantidad con la que —bien administrada— fácilmente come una familia media dos días.
Clonar películas y música es un negocio de 500 millones de dólares anuales en México.
Desde luego, faltaría sumar los clones —es decir, las versiones piratas— de la ropa de marca, que por menos de la mitad de su precio se puede comprar un muchos lugares. Aunque en ese caso los comerciantes del ramo no anuncian su producto como un clon. Como los candorosos vendedores de películas y música.
Sí, no pongan cara de circunstancia. Los vendedores de películas y fonogramas piratas —vulgo cidís— han optado por anunciar que lo que venden son clones.
Porque hablar de películas o cidís piratas está muy mal visto.
Ya ven que ahora en todos los cines que se precien de serlo —y en algunos canales de televisión— hay campañas en las que se cuestiona a los padres de familia que adquieren en la calle, a dos por 15 o tres por 25, filmes piratas.
En uno de los anuncios que he visto recientemente, hay un grupo de niñas y dos de ellas se burlan de una tercera al grito de “¡tiene un papá pirata!” al descubrir en su habitación un dvd pirata —no podía ser de otra forma—; en seguida, la pantalla aconseja no comprar películas piratas.
Pero los vendedores de estos artículos ya se curaron en salud:
En vez de anunciar que venden películas piratas —obvio que no lo iban a hacer—, anuncian que venden películas clon.
Que no es lo mismo.
Pero es igual.
Así que uno puede ir por la vida comprando películas o fonogramas que ni siquiera han aparecido en las pantallas o en los estantes con la conciencia tranquila de lo que se ha comprado no es piratería. Sino un clon.
¿A poco no es bonita la forma con la que los piratas son capaces de encontrarle la cuadratura al círculo?
Nadie podría dudar del ingenio y la creatividad de los mexicanos. Mucho menos si se trata de asuntos que rayan en la ilegalidad.
No por nada México ocupa el tercero o cuatro lugar mundial en piratería. Y 65 por ciento del material musical que se venden en el mercado mexicano es pirata. Cifra en la que seguramente no se cuenta el intercambio de archivos vía internet, actualmente tan socorrido.
Por lo demás, la actual crisis hará que la piratería crezca otro 20 por ciento.
Y no es por defender a los piratas —¿ahora les tendremos que llamar clonadores?—, pero dados los ingresos promedio de una familia mexicana, para adquirir un cidí original de un artista de moda hay que destinar no menos de tres salarios mínimos, cantidad con la que —bien administrada— fácilmente come una familia media dos días.
Clonar películas y música es un negocio de 500 millones de dólares anuales en México.
Desde luego, faltaría sumar los clones —es decir, las versiones piratas— de la ropa de marca, que por menos de la mitad de su precio se puede comprar un muchos lugares. Aunque en ese caso los comerciantes del ramo no anuncian su producto como un clon. Como los candorosos vendedores de películas y música.
martes, 17 de febrero de 2009
Amor y amistá
Por razones que no me da la gana contar, fui a comer a un establecimiento de una cadena de comida rápida. Ahí pude comprobar 1. que la amabilidad no es una de las características de los empleados de la franquicia en cuestión —nomás faltó que me escupieran— y 2. que no se puede estar suficientemente sorprendido con la celebración del día del amor y la amistad, hasta que se leen los mensajes que se mandan los enamorados mediante un programa de televisión de un canal dedicado a los videos pop en español.
Supongo que se trata de una política de esa cadena sintinozar algún canal de televisión con videos para amenizar la estancia de los comensales. De modo que así era, la televisión era una letanía de videos con canciones que hablaban de amor. O de despecho. Por tratarse de un 14 de febrero.
La cosa no hubiera pasado a mayores de no ser porque tuve la curiosidad de voltear a ver la pantalla de televisión. Y ahí estaban: mensajes a granel de fulanito para menganita y de perenganita para zutanito.
Supongo que la fecha lo ameritaba y que el enamoramiento obnubila a los protagonistas.
Pero hay cosas que me parecen un exceso y otras que son sinómino de idiotex congénita. Los mensajes que vi en la televisión el sábado me parecen ambas.
Porque había fulanos de tal cuyo mensaje era “te amo ya lo sabes” —todo escrito, por cierto, en mayúsculas y sin signos de puntuación— o “tu sabes lo que siento por ti dame una oportunidad” y “tu eres esa persona quiero compartir todo contigo”… o “esta canción dice todo lo que siento por ti” y otros de semejante contenido e imaginación.
En el mejor de los casos, quiero pensar que destino y destinatario estaban ahí, juntos o por separado, viendo en la televisión su video favorito y sintiendo mariposas en el estómago —lo que sea que eso signifique— mientras veían sus nombres aparecer en pantalla junto a la mamerta frase remitida con antelación.
En el peor de los casos, algún obnubilado que envío la frase esperando que el destino mágicamente ponga a perenganita o zutanito enfrente de la televisión en el preciso instante en el que aparece la frase de amor sesudamente reflexionada para hacer que su adorado tormento caiga rendido a sus pies. O que crea que va dirigida a a algún homónimo.
Desde luego, hubo frases de desamor: “No me busques más déjame ir” o “te lo di todo y tu me traicionaste”, “ojalá te quedes un día solo y nadie sienta compasión por ti”. Cuyos destinatarios seguramente estaban con la otra viendo la última película de El Piporro o acicalándose para festejar la mencionada fecha. Sin darse por enterados del rencor que son capaces de desatar.
Supongo que se trata de una política de esa cadena sintinozar algún canal de televisión con videos para amenizar la estancia de los comensales. De modo que así era, la televisión era una letanía de videos con canciones que hablaban de amor. O de despecho. Por tratarse de un 14 de febrero.
La cosa no hubiera pasado a mayores de no ser porque tuve la curiosidad de voltear a ver la pantalla de televisión. Y ahí estaban: mensajes a granel de fulanito para menganita y de perenganita para zutanito.
Supongo que la fecha lo ameritaba y que el enamoramiento obnubila a los protagonistas.
Pero hay cosas que me parecen un exceso y otras que son sinómino de idiotex congénita. Los mensajes que vi en la televisión el sábado me parecen ambas.
Porque había fulanos de tal cuyo mensaje era “te amo ya lo sabes” —todo escrito, por cierto, en mayúsculas y sin signos de puntuación— o “tu sabes lo que siento por ti dame una oportunidad” y “tu eres esa persona quiero compartir todo contigo”… o “esta canción dice todo lo que siento por ti” y otros de semejante contenido e imaginación.
En el mejor de los casos, quiero pensar que destino y destinatario estaban ahí, juntos o por separado, viendo en la televisión su video favorito y sintiendo mariposas en el estómago —lo que sea que eso signifique— mientras veían sus nombres aparecer en pantalla junto a la mamerta frase remitida con antelación.
En el peor de los casos, algún obnubilado que envío la frase esperando que el destino mágicamente ponga a perenganita o zutanito enfrente de la televisión en el preciso instante en el que aparece la frase de amor sesudamente reflexionada para hacer que su adorado tormento caiga rendido a sus pies. O que crea que va dirigida a a algún homónimo.
Desde luego, hubo frases de desamor: “No me busques más déjame ir” o “te lo di todo y tu me traicionaste”, “ojalá te quedes un día solo y nadie sienta compasión por ti”. Cuyos destinatarios seguramente estaban con la otra viendo la última película de El Piporro o acicalándose para festejar la mencionada fecha. Sin darse por enterados del rencor que son capaces de desatar.
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