En Italia se ha formado un escándalo de esos de muy padre y señor mío. El señor Silvio Berlusconi, que trabaja de presidente del gobierno y de magnate de la televisión, ha sido cuestionado por una ley que impide que lo juzguen por cualquier delito y por montar unas orgifiestas a cargo del erario público, además de llevar una vida personal ligeramente disoluta.
Se los digo como antecedente de lo que viene a continuación. Algo a propósito de un artículo del escritor Umberto Eco publicado en la revista L’Espresso. Eco dice que el problema de Italia no es el presidente Berlusconi, sino una sociedad italiana “enferma” que le permite acumular poder.
Traspolado a estos lares, podría decir que el problema de México no es el presidente Calderón —o el partido fulano o el gobernador zutano o el sistema perengano—, sino una sociedad mexicana enferma que permite que el poder se use al antojo de todos los mencionados.
Ahí está el ejemplo de las guarderías subrogadas del Seguro Social, donde un puñado de familiares, amigos y conocidos han obtenido por “adjudicación directa” un negociote.
Pero ejemplos de los usos y abusos del poder sobran.
Algo dice Umberto Eco que no tiene desperdicio para el caso de México: “La historia es rica en hombres aventureros, no faltos de carisma, con escaso sentido del Estado pero con un sentido altísimo de sus propios intereses, que deseaban instaurar un poder personal, pasando por encima de parlamentos, magistraturas y constituciones, distribuyendo favores entre sus cortesanos y (en ocasiones) entre sus cortesanas”.
lunes, 13 de julio de 2009
jueves, 9 de julio de 2009
¿Demócratas?
Si le preguntáramos a cualquier político si en la democracia se gana y se pierde con un solo voto, con absoluto cinismo respondería que sí.
Pero cuando un solo voto —o muchos más— derrota a cualquier político, entonces ese concepto de democracia desaparece.
Muy pocos políticos tiene la entereza de aceptar que perdieron una elección. La mayoría, con quién sabe qué humos en la cabeza, le busca tres pies al gato para eludir el reconocimiento de la derrota.
Lo que habla de lo que son como personas. De sus codiciosas ambiciones personales. De la falta de respeto hacia la voluntad ciudadana expresada en las urnas. De su obsesión por el poder.
Desde luego, culpan a cualquiera —como en Toluca, donde los panistas le echan la culpa al alcalde Juan Rodolfo Sánchez, pese a sus ahora evidentes errores de campaña—, buscan conjuras, alegan fraudes y se desgarran las vestiduras.
Ellos, a quienes su entorno cercano trataba como dioses, se ven a sí mismos derrotados y se niegan a creerlo. ¿Cómo, si lo que escuchaban eran diatribas contra sus adversarios?
La única explicación que encuentran es que haya trampa de por medio.
Pero no la encuentran. Y guardan silencio, no dan la cara, rumiando amargamente la derrota.
Porque, como dicen en mi pueblo, para admitir una derrota se necesitan muchos güevos.
Pero cuando un solo voto —o muchos más— derrota a cualquier político, entonces ese concepto de democracia desaparece.
Muy pocos políticos tiene la entereza de aceptar que perdieron una elección. La mayoría, con quién sabe qué humos en la cabeza, le busca tres pies al gato para eludir el reconocimiento de la derrota.
Lo que habla de lo que son como personas. De sus codiciosas ambiciones personales. De la falta de respeto hacia la voluntad ciudadana expresada en las urnas. De su obsesión por el poder.
Desde luego, culpan a cualquiera —como en Toluca, donde los panistas le echan la culpa al alcalde Juan Rodolfo Sánchez, pese a sus ahora evidentes errores de campaña—, buscan conjuras, alegan fraudes y se desgarran las vestiduras.
Ellos, a quienes su entorno cercano trataba como dioses, se ven a sí mismos derrotados y se niegan a creerlo. ¿Cómo, si lo que escuchaban eran diatribas contra sus adversarios?
La única explicación que encuentran es que haya trampa de por medio.
Pero no la encuentran. Y guardan silencio, no dan la cara, rumiando amargamente la derrota.
Porque, como dicen en mi pueblo, para admitir una derrota se necesitan muchos güevos.
miércoles, 8 de julio de 2009
Reinventarán todo
Elegidos los nuevos gobiernos, a partir de agosto próximo viene la reinvención.
Sí, en todos los municipios ocurrirá un fenómeno trianual: el nuevo gobernante y todos sus funcionarios —vulgo: achichincles— desecharán todo lo que hicieron sus antecesores, despedirán a todo aquello que huela al anterior régimen y determinarán que el ayuntamiento o el distrito nacen con ellos, de modo que lo cambiarán todo, incluyendo aquellos que manos o menos funcionaba.
Ya sé que esto no es novedad. Que ocurre cada trienio o cada sexenio, que sucede cuando llega un jefe nuevo. Que es parte de los genes que los mexicanos llevamos cargando desde hace siglos. Y qué difícilmente algo así podría cambiar.
Mucho me sorprendería que una determinada política pública municipal siga su rumbo como si cualquier cosa. Quedaría estupefacto si un plan urbano, cultural o social quedara en pie. Es más: me daría el patatús si uno solo de esos planes conserva su nombre.
Nos hemos caracterizado por tener funcionarios y gobernantes que con mucha frecuencia tienen iniciativas que nos llevan de crisis en crisis, que desfondan los fondos públicos y, desde luego, pésimos administradores de los bienes públicos que en lugar de fomentarlos y mejorarlos los destruyen, los destinan a su provecho personal o simplemente los ignoran condenándolos al deterioro.
Ese es nuestro mal endémico. Que se repetirá, como siempre.
Sí, en todos los municipios ocurrirá un fenómeno trianual: el nuevo gobernante y todos sus funcionarios —vulgo: achichincles— desecharán todo lo que hicieron sus antecesores, despedirán a todo aquello que huela al anterior régimen y determinarán que el ayuntamiento o el distrito nacen con ellos, de modo que lo cambiarán todo, incluyendo aquellos que manos o menos funcionaba.
Ya sé que esto no es novedad. Que ocurre cada trienio o cada sexenio, que sucede cuando llega un jefe nuevo. Que es parte de los genes que los mexicanos llevamos cargando desde hace siglos. Y qué difícilmente algo así podría cambiar.
Mucho me sorprendería que una determinada política pública municipal siga su rumbo como si cualquier cosa. Quedaría estupefacto si un plan urbano, cultural o social quedara en pie. Es más: me daría el patatús si uno solo de esos planes conserva su nombre.
Nos hemos caracterizado por tener funcionarios y gobernantes que con mucha frecuencia tienen iniciativas que nos llevan de crisis en crisis, que desfondan los fondos públicos y, desde luego, pésimos administradores de los bienes públicos que en lugar de fomentarlos y mejorarlos los destruyen, los destinan a su provecho personal o simplemente los ignoran condenándolos al deterioro.
Ese es nuestro mal endémico. Que se repetirá, como siempre.
Tiranitos
Pasado ya el jolgorio que significa que fulana, zutano o perengano hayan sido elegidos presidentes municipales, síndicos, regidores o legisladores locales o federales, sigo pensando en qué clase de gente tendremos los próximos tres años y cuatro meses en los gobierno municipales y los próximos tres años en las cámaras de diputados.
Aunque ahora mismo me intriga, no será muy difícil averiguar qué clase de criaturas se avienen al poder.
Después de 15 años de elecciones que me han tocado de cerca, no es difícil darse cuenta de inmediato quién tiene redaños, honorabilidad y responsabilidad y quién de inmediato se convierte en un tiranito —o tiranita, que las hay— al que se le olvida hasta la madre que lo parió.
No me equivoco si digo que muchos de estos que hace unas semanas eran unos humildes candidatos en busca del voto popular —mucho beso, mucho apapacho, mucha atención al populacho— a partir de ya, irán pavoneando con aires de gran señor, arrogantes y sobrados como estrellas de la tele. Mudarán su actual pluma por las maneras artificiosas de los nuevos ricos.
Pero no solo los elegidos cambiarán su aspecto y trato. También los que están a su alrededor, seguros del trascendental papel que juegan en el destino del municipio mengano o del distrito zutano.
Aunque no sepan ni la o por lo redondo.
Desde luego, no descarto que haya gente con sentido del trabajo, honestidad y honradez. Pero mientras no se demuestre lo contrario, estos se podrán contar con los dedos de la mano.
Aunque ahora mismo me intriga, no será muy difícil averiguar qué clase de criaturas se avienen al poder.
Después de 15 años de elecciones que me han tocado de cerca, no es difícil darse cuenta de inmediato quién tiene redaños, honorabilidad y responsabilidad y quién de inmediato se convierte en un tiranito —o tiranita, que las hay— al que se le olvida hasta la madre que lo parió.
No me equivoco si digo que muchos de estos que hace unas semanas eran unos humildes candidatos en busca del voto popular —mucho beso, mucho apapacho, mucha atención al populacho— a partir de ya, irán pavoneando con aires de gran señor, arrogantes y sobrados como estrellas de la tele. Mudarán su actual pluma por las maneras artificiosas de los nuevos ricos.
Pero no solo los elegidos cambiarán su aspecto y trato. También los que están a su alrededor, seguros del trascendental papel que juegan en el destino del municipio mengano o del distrito zutano.
Aunque no sepan ni la o por lo redondo.
Desde luego, no descarto que haya gente con sentido del trabajo, honestidad y honradez. Pero mientras no se demuestre lo contrario, estos se podrán contar con los dedos de la mano.
miércoles, 1 de julio de 2009
Otra de semáforos
En Toluca estamos estrenando un semáforo en Morelos esquina con Pedro Ascencio. Otro en Villada esquina Ramón Corona.
Ambos equipos me parecen muy bien. Sobre todo el primero, porque atravesar Morelos es un verdadero desgarriate, especialmente por los finos choferes que contratan algunas empresas del transporte urbano a los que les da por pensar en que el mundo gira alrededor de sus orondas humanidades.
Del del Villada y Ramón Corona lo único que puedo decir es que es una nueva demostración de que el sistema de semáforos inteligentes —que se supone que operan en Toluca— es verdaderamente idiota.
Sí, de otro modo no se explica que cuando uno avanza sobre Villada con la luz verde desde Gómez Farías, se encuentre el semáforo en rojo en Ramón Corona y el siguiente —a 100 metros—, el de Horacio Zúñiga en verde. Así que cuando toca el verde en Ramón Corona, enseguida se enciende la luz roja en el semáforo de Horacio Zúñiga.
Eso a mí me parece una muestre de que el sistema inteligente roza la imbecilidad.
O que los operadores de los semáforos son daltónicos.
Por lo demás, fue muy bonito que la mañana de ayer —cuando el presidente Calderón visitaba Toluca para inaugurar el Museo Modelo de Ciencias e Industria— los semáforos del crucero de Hidalgo y Rayón, donde se encuentra el museo, lucieran con un soberano desperfecto.
Lo dicho: el sistema de semáforos de Toluca de inteligente sólo tiene el rimbombante nombre.
Ambos equipos me parecen muy bien. Sobre todo el primero, porque atravesar Morelos es un verdadero desgarriate, especialmente por los finos choferes que contratan algunas empresas del transporte urbano a los que les da por pensar en que el mundo gira alrededor de sus orondas humanidades.
Del del Villada y Ramón Corona lo único que puedo decir es que es una nueva demostración de que el sistema de semáforos inteligentes —que se supone que operan en Toluca— es verdaderamente idiota.
Sí, de otro modo no se explica que cuando uno avanza sobre Villada con la luz verde desde Gómez Farías, se encuentre el semáforo en rojo en Ramón Corona y el siguiente —a 100 metros—, el de Horacio Zúñiga en verde. Así que cuando toca el verde en Ramón Corona, enseguida se enciende la luz roja en el semáforo de Horacio Zúñiga.
Eso a mí me parece una muestre de que el sistema inteligente roza la imbecilidad.
O que los operadores de los semáforos son daltónicos.
Por lo demás, fue muy bonito que la mañana de ayer —cuando el presidente Calderón visitaba Toluca para inaugurar el Museo Modelo de Ciencias e Industria— los semáforos del crucero de Hidalgo y Rayón, donde se encuentra el museo, lucieran con un soberano desperfecto.
Lo dicho: el sistema de semáforos de Toluca de inteligente sólo tiene el rimbombante nombre.
lunes, 29 de junio de 2009
Una zahúrda les queda chica
En estos últimos días de las campañas electorales, los políticos empiezan a aventar porquería por todos lados y contra todos.
Y ya ni se cuidan de hacerlo a trasmano, para disimular. No, directamente acusan, difaman, calumnian, injurian y tiran lodo —es lo más limpio de lo que se están lanzando— contra sus rivales. Aquello que no pudieron hacer con pobres, nulas o erradas propuestas —hay candidatos a diputados que prometen obras cuando su chamba es hacer leyes—, quieren hacerlo enlodando a los rivales.
Un estercolero es en lo que se convertirá esta recta final de las campañas electorales. Una zahúrda o un muladar se quedan cortos ante lo que hacen candidatos, partidos y seudo asesores cuando se trata de ensuciar al oponente.
Y luego los imbéciles se preguntan el por qué del abstencionismo, cuál es la razón del voto nulo o qué tienen en la cabeza los ciudadanos que no los eligen por aclamación.
Para pleitos de verduleras —con todo respeto para las verduleras de antaño—, ya tenemos suficiente con lo que practican desde el gobierno federal.
Para deslenguados maledicentes hay suficiente con los insultos que se dedican en la internet los simpatizantes fanatizados —a los que deberían lavarles la boca con jabón—.
Y lo peor es que las autoridades electorales estatales y federales se hacen de la vista gorda. Aunque están en el mismo cuchitril.
Y ya ni se cuidan de hacerlo a trasmano, para disimular. No, directamente acusan, difaman, calumnian, injurian y tiran lodo —es lo más limpio de lo que se están lanzando— contra sus rivales. Aquello que no pudieron hacer con pobres, nulas o erradas propuestas —hay candidatos a diputados que prometen obras cuando su chamba es hacer leyes—, quieren hacerlo enlodando a los rivales.
Un estercolero es en lo que se convertirá esta recta final de las campañas electorales. Una zahúrda o un muladar se quedan cortos ante lo que hacen candidatos, partidos y seudo asesores cuando se trata de ensuciar al oponente.
Y luego los imbéciles se preguntan el por qué del abstencionismo, cuál es la razón del voto nulo o qué tienen en la cabeza los ciudadanos que no los eligen por aclamación.
Para pleitos de verduleras —con todo respeto para las verduleras de antaño—, ya tenemos suficiente con lo que practican desde el gobierno federal.
Para deslenguados maledicentes hay suficiente con los insultos que se dedican en la internet los simpatizantes fanatizados —a los que deberían lavarles la boca con jabón—.
Y lo peor es que las autoridades electorales estatales y federales se hacen de la vista gorda. Aunque están en el mismo cuchitril.
martes, 23 de junio de 2009
Ilustres desconocidos:
En estos tiempos electorales llegan a mi buzón de correo electrónico cualquier cantidad de correos electrónicos procedentes de las campañas políticas de candidatos de distintos signos e ideologías.
A algunos de los candidatos los conozco. A algunos de los jefes de prensa de las campañas también.
Pero me llegan docenas de correos de personas a las que no tengo el gusto: algunos corresponden a candidatos a algún puesto de elección popular y otros son la personificación de las oficinas de prensa. Estos me resultan especialmente chocantes: me tutean —¿en qué cantina estuvimos juntos, perdonen?—, me ordenan —“envío la nota de fulano de tal para que se publique mañana”— y suponen que para mí puede tener algún interés lo que sus partidos y candidatos puedan hacer o deshacer.
Pues permítanme decirles, ilustres desconocidos, que les agradecería mucho que no me llenaran el buzón con sus boletines. Normalmente les doy el curso que sigue cualquier correo de remitente ignoto o sospechoso: se van directo a la basura. Pero eso representa una acción que no me da la gana emprender. De modo que sería mejor no recibirlos.
Lo peor es que en estos tiempos que corren ya nadie se toma la molestia de pedir permiso, presentarse o cuando menos decir ¡agua va!
Desde luego, me dirán, es que son candidatos. Y se sienten el centro del universo. Aunque su universo sean tres pelaos. Uno de ellos, el que manda los correos electrónicos insustanciales.
A algunos de los candidatos los conozco. A algunos de los jefes de prensa de las campañas también.
Pero me llegan docenas de correos de personas a las que no tengo el gusto: algunos corresponden a candidatos a algún puesto de elección popular y otros son la personificación de las oficinas de prensa. Estos me resultan especialmente chocantes: me tutean —¿en qué cantina estuvimos juntos, perdonen?—, me ordenan —“envío la nota de fulano de tal para que se publique mañana”— y suponen que para mí puede tener algún interés lo que sus partidos y candidatos puedan hacer o deshacer.
Pues permítanme decirles, ilustres desconocidos, que les agradecería mucho que no me llenaran el buzón con sus boletines. Normalmente les doy el curso que sigue cualquier correo de remitente ignoto o sospechoso: se van directo a la basura. Pero eso representa una acción que no me da la gana emprender. De modo que sería mejor no recibirlos.
Lo peor es que en estos tiempos que corren ya nadie se toma la molestia de pedir permiso, presentarse o cuando menos decir ¡agua va!
Desde luego, me dirán, es que son candidatos. Y se sienten el centro del universo. Aunque su universo sean tres pelaos. Uno de ellos, el que manda los correos electrónicos insustanciales.
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