No sé ustedes, pero que los partidos políticos se gasten la pólvora en infiernitos a mí me repatea.
Ya ni siquiera me divierte que se den hasta con la maceta o que los priistas exhiban a los panistas, los panistas a los priistas y los perredistas a los dos.
Si se agarraran a trompadas Chucho, Germán y Beatriz —o en su caso Murillo Karam— me divertiría. Pero son políticos civilizados y sólo se agarran a místicos youtubazos.
Pero que se gasten recursos públicos para sacarse sus trapitos al sol, me pone de malas. Parecen niños chiquitos: tu abuelita lava ajeno, tu papá es feo, mi carro es más grande que el tuyo.
Con sus debidas proporciones, eso es lo que está pasando en esta campaña electoral con los partidos de Betty, Germán y Chucho.
De ahí en fuera, no hay novedades en estas campañas electorales. Las mismas gastadas y sobadísimas propuestas de todos los procesos electorales desde que tengo memoria.
Aunque bien escondidas, porque lo único que sobresale son los lemas de campaña de partidos y candidatos.
Y los ataques continuos. Las culpas endosadas al rival político. El intercambio inútil de acusaciones.
Porque a menos que alguien haya descubierto la fórmula mágica para convertir el yo no fui en fórmula de crecimiento y desarrollo, seguirá siendo lo mismo de siempre: fórmula de gobierno.
***
Visiten el sitio de internet del noticiario Así Sucede: www.asisucede.com.mx
martes, 26 de mayo de 2009
lunes, 25 de mayo de 2009
¿Dónde están?

Me pregunto ¿dónde habràn quedado las docenas de águilas que señalaban la ruta de la Independencia?
Cuando era un chilpayate, allá por la década de los setentas, en esos viajes fuera de lo ordinario que hacíamos a esa metrópoli llamada Toluca, veía por la ventanilla del Maverick propiedad de mi abuelita, los monumentos en forma de cabeza de águila que algún gobernante decidió poner por todo el camino que la historia señalaba como ruta del padre Hidalgo en pos de la Independencia nacional.
Se contaban por docenas.
Pero algo les pasó. Estorbaron. Llegó otro gobierno y borró todo lo que había hecho el anterior —un clásico mexicano—. Se los robaron algunos coleccionistas. Los quitaron para que nos olvidáramos de que somo independientes. Están en las casas de algunos patriotas funcionarios o exfuncionarios públicos. Las tumbó una epidemia de borrachazos. Quedaron fuera del trazo de las actuales autopistas. Las donaron a museos. Están en Viena, con el penacho de Moctezuma. Las abducieron unos ovnis.
No sabría decirles.
Las opciones anteriores fueron las primeras que me vinieron a la cabeza para explicar el fenómeno de la desaparición de las cabezas de águila que, por cierto, tenían inscrito en un costado la palabra Libertad.
Me acordé de ellas porque por razones que no les importan anduve por la carretera Atlacomulco-Palmillas. Y por más que quise, no pude identificar el encino en el que ofició misa Miguel Hidalgo. El mismo que iban a reproducir en Probosque… Proyecto del que tampoco sé nada.
viernes, 22 de mayo de 2009
Fiestas
Cuando en 1716 fray Tomás de Peñaralva, un oscuro monje del monasterio de Las Tinajas —en el cerro del mismo nombre, en los límites de la Intendencia de México con la Nueva Galicia—, expresó su sorpresa “por la inaudita y libertina forma” en la que se celebraban las fiestas en México, no sabía que con el paso de los años iba a terminar siendo uno de los tratadistas más acuciosos, pero menos esclarecidos de las celebraciones mexicanas.
Recien llegado de Gerona, el fraile fue recibido con un sarao que a su juicio resultó excesivo, “disparatado e insensato”, según la carta que se conserva en el museo de la segunda orden habilitado en la antigua abadía de San Eusebio en la provincia catalana de donde era originario. La carta da cuenta de la molestia del clérigo, así como una relación pormenorizada de los guisos que se sirvieron… lo que daba ya muestras del carácter detallado con el que acostumbrada fray Tomás dedicarse a los menestereres que le resultaban atractivos.
Según cuenta la museografía de San Eusebio, el fraile viajó a las Américas para dar pie a su “encendida vocación evangelizadora”. Se trasluce en su carta, que sus intenciones oficiales eran encontrar a unos indios patarrajadas ansiosos de escuchar la palabra de Dios y a una multitud de aborígenes chilapastrosos a los cuales destinar su ministerio sacerdotal y médico —puesto que siendo su familia andalucí, algo conocía de la ciencias de Averroes—. Aunque extraoficialmente llegaba a hacerse cargo de una encomienda heredada de un tío suyo… que cuando llegó ya no existía o había pasado, gracias a la proverbial corrupción que desde entonces nos aqueja, a manois de un turbio administrador que cuando fray de Peñaralva llegó, le dio a una desconocida que no pasó a mayores gracias a los hábitos que portaba.
Así que enmuinado por su fracaso como encomender terrateniente, el fraile se dirigió a Las Tinajas, a residir con sus hermanos, donde fue pomposamente recibido por la población: carnitas, chilmole, tlayudas, uchepos y corundas, y otros platillos cuyos nombres no señala en su relación, pero describe en su aspecto físico… incluyendo lo que parecen ser acociles o algún otro crustaceo.
Parece ser que sus ideales evangelizadores toparon con el trabajo previo hecho por sus antecesores. También que mientras recorrió varios monasterios empezó a recopilar información sobre festividades tradicionales que combinaban —y combinan— el paganismo y la fe cristiana.
Dignos de atención son sus legajos sobre la fiestas de Santiago Azajo, San Cuilmas Cupareo, Santa Martha La Redonda y Santa Rita —22 de mayo—. Esta última, la que le pareció más pomposa.
Y sobre la que necesitariamos muchos tercios de plana para describir puntualmente las vísperas, fiesta y tornafiesta.
Tal vez será para mejor ocasión. Cuando termine de traducir.
Recien llegado de Gerona, el fraile fue recibido con un sarao que a su juicio resultó excesivo, “disparatado e insensato”, según la carta que se conserva en el museo de la segunda orden habilitado en la antigua abadía de San Eusebio en la provincia catalana de donde era originario. La carta da cuenta de la molestia del clérigo, así como una relación pormenorizada de los guisos que se sirvieron… lo que daba ya muestras del carácter detallado con el que acostumbrada fray Tomás dedicarse a los menestereres que le resultaban atractivos.
Según cuenta la museografía de San Eusebio, el fraile viajó a las Américas para dar pie a su “encendida vocación evangelizadora”. Se trasluce en su carta, que sus intenciones oficiales eran encontrar a unos indios patarrajadas ansiosos de escuchar la palabra de Dios y a una multitud de aborígenes chilapastrosos a los cuales destinar su ministerio sacerdotal y médico —puesto que siendo su familia andalucí, algo conocía de la ciencias de Averroes—. Aunque extraoficialmente llegaba a hacerse cargo de una encomienda heredada de un tío suyo… que cuando llegó ya no existía o había pasado, gracias a la proverbial corrupción que desde entonces nos aqueja, a manois de un turbio administrador que cuando fray de Peñaralva llegó, le dio a una desconocida que no pasó a mayores gracias a los hábitos que portaba.
Así que enmuinado por su fracaso como encomender terrateniente, el fraile se dirigió a Las Tinajas, a residir con sus hermanos, donde fue pomposamente recibido por la población: carnitas, chilmole, tlayudas, uchepos y corundas, y otros platillos cuyos nombres no señala en su relación, pero describe en su aspecto físico… incluyendo lo que parecen ser acociles o algún otro crustaceo.
Parece ser que sus ideales evangelizadores toparon con el trabajo previo hecho por sus antecesores. También que mientras recorrió varios monasterios empezó a recopilar información sobre festividades tradicionales que combinaban —y combinan— el paganismo y la fe cristiana.
Dignos de atención son sus legajos sobre la fiestas de Santiago Azajo, San Cuilmas Cupareo, Santa Martha La Redonda y Santa Rita —22 de mayo—. Esta última, la que le pareció más pomposa.
Y sobre la que necesitariamos muchos tercios de plana para describir puntualmente las vísperas, fiesta y tornafiesta.
Tal vez será para mejor ocasión. Cuando termine de traducir.
miércoles, 20 de mayo de 2009
Oda
Hay inventos que uno no valora lo suficiente. Están ahí, a nuestro servicio y sin decir palabra —raro sería que dijeran algo—, esperando a ser usados. Y uno ni se da cuenta de su existencia. A menos, claro está, que sufran algún desperfecto y entonces su ausencia se agigante.
Es el caso, perdonen lo ordinario del asunto, del microondas —o como se escriba—.
Cada mañana, en la madrugada para ser precisos, mi primer alimento de la mañana pasa por el horno de microondas. Abro una puerta, introduzco el recipiente, presiono dos veces la misma tecla, y obediente y sumiso el horno comienza a calentar. Un proceso súper breve que, en otras condiciones no sé cuánto tardaría, cinco o seis minutos con el consecuente gasto de gas butano.
Nunca me lo había preguntado, pero hoy supe que el microondas —o micro ondas o cómo quieran llamarlo… en mi casa se llama el micro y punto— funciona mediante la generación de ondas electromagnéticas en la frecuencia de las microondas, en torno a los 2.5 gigahertz. Es decir, un misterio insondable.
Uno ve que el plato del horno da vueltas y punto
Aunque ya me explicaron que un horno de microondas opera con la siguiente base física: los alimentos contienen normalmente moléculas de agua, éstas tienen la característica de un dipolo eléctrico —como si se tratara de un imán—, es decir, poseen un extremo con carga positiva y un extremo con carga negativa. Las ondas electromagnéticas generado en el horno mueven las moléculas de agua orientándolas en una dirección. Cuando las moléculas de agua se orientan en una dirección determinada, el campo eléctrico se invierte, con lo que todas las moléculas de agua cambian su posición —dan vueltas—. Estas inversiones de la orientación del campo electromagnético suceden rápidamente, a razón de dos mil 500 millones de veces por segundo, lo que produce calor por la agitación molecular. Por lo tanto, el alimento se calienta por excitación de las moléculas de agua, que se están moviendo, girando sobre sí mismas, a gran velocidad.
Como el calor está directamente relacionado con la vibración o agitación molecular, las cosas se calientan.
¿Verdad que es una cosa fenomenal?
Menos cuando uno es un burro redomado en cuestiones de física. O matemáticas, como cuatro de cada 10 estudiantes de tercero de secundaria.
Que supongo que no se interesan ni por el horno de microondas ni por ningún otro implemento doméstico.
Aunque deberían. Por lo menos para no meter las palomitas al revés ni un huevo con cascarón ni un plato vacío.
Loa pues, al microondas. Salve cocinero matinal.
Es el caso, perdonen lo ordinario del asunto, del microondas —o como se escriba—.
Cada mañana, en la madrugada para ser precisos, mi primer alimento de la mañana pasa por el horno de microondas. Abro una puerta, introduzco el recipiente, presiono dos veces la misma tecla, y obediente y sumiso el horno comienza a calentar. Un proceso súper breve que, en otras condiciones no sé cuánto tardaría, cinco o seis minutos con el consecuente gasto de gas butano.
Nunca me lo había preguntado, pero hoy supe que el microondas —o micro ondas o cómo quieran llamarlo… en mi casa se llama el micro y punto— funciona mediante la generación de ondas electromagnéticas en la frecuencia de las microondas, en torno a los 2.5 gigahertz. Es decir, un misterio insondable.
Uno ve que el plato del horno da vueltas y punto
Aunque ya me explicaron que un horno de microondas opera con la siguiente base física: los alimentos contienen normalmente moléculas de agua, éstas tienen la característica de un dipolo eléctrico —como si se tratara de un imán—, es decir, poseen un extremo con carga positiva y un extremo con carga negativa. Las ondas electromagnéticas generado en el horno mueven las moléculas de agua orientándolas en una dirección. Cuando las moléculas de agua se orientan en una dirección determinada, el campo eléctrico se invierte, con lo que todas las moléculas de agua cambian su posición —dan vueltas—. Estas inversiones de la orientación del campo electromagnético suceden rápidamente, a razón de dos mil 500 millones de veces por segundo, lo que produce calor por la agitación molecular. Por lo tanto, el alimento se calienta por excitación de las moléculas de agua, que se están moviendo, girando sobre sí mismas, a gran velocidad.
Como el calor está directamente relacionado con la vibración o agitación molecular, las cosas se calientan.
¿Verdad que es una cosa fenomenal?
Menos cuando uno es un burro redomado en cuestiones de física. O matemáticas, como cuatro de cada 10 estudiantes de tercero de secundaria.
Que supongo que no se interesan ni por el horno de microondas ni por ningún otro implemento doméstico.
Aunque deberían. Por lo menos para no meter las palomitas al revés ni un huevo con cascarón ni un plato vacío.
Loa pues, al microondas. Salve cocinero matinal.
martes, 19 de mayo de 2009
Fotos y candidatos
Cuando leí Soldados de Salamina, Javier Cercas, su autor, se convirtió en uno de mis referentes de la literatura española. Cada dos semanas leo con verdadera fruición —remítanse al diccionario, no tengo ganas de explicar mis palabras domingueras— el artículo que publica en la revista El País Semanal. Que en esta semana se ocupa de la imagen de los políticos.
Muy ad hoc en estos tiempos que vivimos en México, donde los políticos antes que otra cosa nos venden una imagen: nadie se ofrece como estadista, como alguien que puede solucionar los problemas que nos aquejan, como alguien con la capacidad de gobernar sin estridencias. Se ofrecen las fotos retocadas y algunas frases e ideas sueltas.
Dice Javier Cercas: “Desde luego, no conozco ningún político al que no le guste salir en la foto; si existe, cabe sospechar seriamente que es un mal político. Pero el problema no es el político al que le gusta salir en la foto, sino el político al que sólo le gusta salir en la foto; éste no es un mal político: es un político pésimo, un mamarracho aquejado de mediopatía al que, por el bien de la política —o sea, por el bien de usted y de mí, amable lector—, conviene echar cuanto antes y a patadas de la política. Frente al fanático de lo real, el fanático de lo simbólico: lo simbólico sin lo real es pura nadería; lo real sin lo simbólico acaba siendo ineficaz, que es otra forma de la nadería. Yo creo que los políticos tienen la obligación de no obligarnos a elegir entre esos dos fanatismos”.
Pues eso.
Ahora que los políticos mexiquenses nos venden ante todo una foto o una pose, que tarde que temprano se agotan —especialmente las poses, porque luego el o la que se declara gran cuate y amigo de la fanaticada o de la militancia, se olvida de todo muy rápidamente—, los electores comunes y corrientes deberíamos observar quién es capaz de mentirnos desde la foto. Porque si son capaces de mentir con su fisonomía, serán capaces de mentir en todo lo demás.
Y no, no me sorprendo. Ya sé que no es nuevo. Pero en medio de las campañas electorales la mediopatía —que dice Cercas— está más vigente que nunca.
Y camino al 2012 seguro que será peor. Porque podría gobernarnos una fotografía.
No puedo decir mucho de este escritor uruguayo, porque siendo más reconocido como poeta, y dado que la poesía no se me da, lo leí poco. Hace décadas leí Pedro y el capitán. Hace poco, Montevideanos.
Pero lo que tengo que decir es que se trata de una pérdida importante en la literatura en español.
Muy ad hoc en estos tiempos que vivimos en México, donde los políticos antes que otra cosa nos venden una imagen: nadie se ofrece como estadista, como alguien que puede solucionar los problemas que nos aquejan, como alguien con la capacidad de gobernar sin estridencias. Se ofrecen las fotos retocadas y algunas frases e ideas sueltas.
Dice Javier Cercas: “Desde luego, no conozco ningún político al que no le guste salir en la foto; si existe, cabe sospechar seriamente que es un mal político. Pero el problema no es el político al que le gusta salir en la foto, sino el político al que sólo le gusta salir en la foto; éste no es un mal político: es un político pésimo, un mamarracho aquejado de mediopatía al que, por el bien de la política —o sea, por el bien de usted y de mí, amable lector—, conviene echar cuanto antes y a patadas de la política. Frente al fanático de lo real, el fanático de lo simbólico: lo simbólico sin lo real es pura nadería; lo real sin lo simbólico acaba siendo ineficaz, que es otra forma de la nadería. Yo creo que los políticos tienen la obligación de no obligarnos a elegir entre esos dos fanatismos”.
Pues eso.
Ahora que los políticos mexiquenses nos venden ante todo una foto o una pose, que tarde que temprano se agotan —especialmente las poses, porque luego el o la que se declara gran cuate y amigo de la fanaticada o de la militancia, se olvida de todo muy rápidamente—, los electores comunes y corrientes deberíamos observar quién es capaz de mentirnos desde la foto. Porque si son capaces de mentir con su fisonomía, serán capaces de mentir en todo lo demás.
Y no, no me sorprendo. Ya sé que no es nuevo. Pero en medio de las campañas electorales la mediopatía —que dice Cercas— está más vigente que nunca.
Y camino al 2012 seguro que será peor. Porque podría gobernarnos una fotografía.
***
Mario Benedetti falleció el pasado fin de semana.No puedo decir mucho de este escritor uruguayo, porque siendo más reconocido como poeta, y dado que la poesía no se me da, lo leí poco. Hace décadas leí Pedro y el capitán. Hace poco, Montevideanos.
Pero lo que tengo que decir es que se trata de una pérdida importante en la literatura en español.
viernes, 15 de mayo de 2009
Los aguaceros de mayo
A la hora que me citabas,
caía el aguacero y yo abajo de él
caía el aguacero y yo abajo de él
Los Bribones
Se mira relampaguear,
el cielo está encapotao
Tomás Méndez
Se mira relampaguear,
el cielo está encapotao
Tomás Méndez
La tradición dicta que este 15 de mayo se arrancan las lluvias.
Cosa que, como campirano que soy, me causa un gran gusto.De hecho, las lluvias me gustan sobremanera. El olor a tierra mojada es uno de los mejores aromas del mundo.
Aunque, claro está, en un país donde llueve seis meses del año, las precipitaciones pluviales terminan por cansar.
Sobre todo cuando lo que hemos hecho por siglos los seres humanos se vuelve en nuestra contra.
Apenas comienza la temporada de lluvias y los efectos de las acciones humanas ya se notan. Porque no es casual que calles, avenidas, estacionamientos y domicilios se llenen de agua. Cualquiera debería saberlo: el agua reconoce sus cauces naturales, así estén pavimentados o llenos de casas.
Y entonces ocurren las tragedias. El drama anual producto de las precipitaciones pluviales. Porque no es que llueva más, lo que sucede es que somos más seres humanos asentados en lugares de alto riesgo. En muchos casos, por una imperiosa necesidad de un lugar para vivir. Porque no hay otra alternativa.
La cadena de desgracias anuales que estamos por vivir —y por ver— tiene que ver con la anarquía con la que se hacen las cosas en México. Porque los asentamientos humanos en lugares de riesgo no aparecen de la noche a la mañana. Porque a las organizaciones que enarbolan la necesidad de vivienda en México no les importa la seguridad de las familias. Porque los funcionarios públicos se hacen de la vista gorda.
Pero la culpa la tienen las lluvias. Que no podemos prever, dicen las autoridades —y repiten cada vez que sucede una contingencia—.
Y las lluvias se convierten en el enemigo invisible e impredecible.
Que benévolamente oculta las carencias de quienes deberían conducir el desarrollo. Los verdaderos responsables.
***
Felicitaciones a los maestros en su día. Especialmente a los de mi generación en la primaria Filiberto Gómez y a los de la secundaria Antonio Caso.
miércoles, 13 de mayo de 2009
Antonio Vega
En mi época de preparatoriano imberbe en la prepa 3 —generación 87-90—, mi origen pueblerino me ponía frecuentemente ante grandes hallazgos. Especialmente en materia musical.
Era la época del bum de W Radio —Martín Hernández, González Iñarritú y Charo Fernández que eran verdaderos ídolos juveniles— y del rock en tu idioma. Así que como en mi casa apenas se veía el canal 2 y se escuchaba La Pantera 590, pues estaba fuera de onda.
Por eso saber de la existencia de Nacha pop fue pasmoso. En aquella parte final de la década de los ochentas el grupo llenó la plaza de toros México y el lunes siguiente, Óscar Monroy Gómez Tagle —luego conocido en el Tec de Monterrey como El Woody— nos contó la proeza. Pero los Nacha pop se separaron un año después. Casi los olvidé.
Hasta que a mediados del 2004, en un curso de periodismo de El País en Madrid —nótese como sin querer se señalan los viajes del arriba firmante— Nereida Cea y Pablo González de Pola hablaban en una cena de música. Y mencionaron a Antonio Vega. El más grande, dijeron. Como tenía planeado comprar algunos discos, pregunté por el tal Vega. La respuesta me remitió a Nacha pop.
Así que saliendo del curso-internado busqué alguna de sus grabaciones en solitario. Me encontré con un genio. Y poco ha poco, en cinco años, he conseguido cuanto disco de Antonio Vega he podido, algunos de chiripa en tiendas especializadas, otros por internet, algunos regalos de la madre patria.
Y ayer por la mañana, mientras revisaba el diario El País me encontré con una noticia que muchos esperaban hace años —ya saben, las drogas destruyen—: Antonio Vega había muerto a los 51 años, víctima de una enfermedad del sistema respiratorio.
Los homenajes y las referencias en los medios de comunicación españoles no se han hecho esperar. Elogiado por todos, Antonio Vega tiene canciones que, como dice el crítico Diego A. Manrique, “despiertan escalofríos multitudinarios. A pesar de su hermetismo textual, transmiten la pulsación de la experiencia intensa, el pasmo del descubrimiento intransferible”.
La mejor de sus canciones, sin duda es Chica de ayer. Pero también me quedo con Estaciones, Esperando nada, Una décima de segundo, Persiguiendo sombras, Desordenada habitación, Puertas abiertas, Lucha de gigantes, Tesoros, Seda y hierro, Elixir de juventud, Ángel de orion, Se dejaba llevar por ti, Te espero… y muchas más.
Descanse en paz.
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