Los conoceréis.
Y no, no me refiero a los candidatos de ningún partido político y a ningún puesto de elección popular.
Claro, para ellos esta frase también es un buen parámetro, sobre todo cuando hay tantos políticos profesionales que están en pos de un nuevo cargo de elección popular y prometen el oro y el moro.
En realidad me refiero a nuestras benditas autoridades educativas. Las que este fin de semana estuvieron atentísimas de la limpieza y desinfección de 23 mil escuelas en toda esta entidad federativa llamada México.
¡Qué despliegue! ¡Son unos verdaderos capos! Las escuelas quedaron relucientes, limpias, sin un solo germen… hombre, ni cuando estaba recién inauguradas se vieron tan aseadas, pulcras e inmaculadas.
Desde luego, para eso fue menester utilizar la mejor tecnología. Es decir, lo último.
Aquellos padres de familia que llegaron con el tradicional detergente Roma —o Foca o los más pipirisnais, Ariel—, sus escobas, trapeadores, jergas, cubetas y su rendidor cloralex, se les dieron las más cumplidas gracias, pero se les despidió con cajas destempladas.
“Está bien que estemos en emergencia —refieren que dijo en un aparte una de las más altas autoridades—, pero no les pedimos frías. Que se vayan con su detergente corriente y nos dejen trabajar”.
Los padres de familia que se habían acercado a las instituciones escolares pudieron ver, con una cara de asombro así de grande, que los más modernos aditamentos para limpieza profunda se ponían en marcha. Y en menos que se los cuento, todos y cada uno de los salones de las escuelas mexiquenses quedaban rechinando de limpios.
Un momento inenarrable. Las autoridades se pusieron las pilas y cumplieron como los merititos machos —es una frase hecha, por favor, no se moleste ninguna cumplida dama—. Un aplauso unánime se escuchó cuando la última pompa de jabón se rompió en el virginal aire escolar. Aunque esta expresión de júbilo popular fue pronto censurada por una de tantas autoridades: “es nuestro trabajo, hagan favor de dejar sus aclamaciones para cuando hagamos algo extraordinario”, dicen que dijo, porque nadie escuchó, dado que en ese momento irrumpía en el ambiente una porra.
Y sí. Se la habían ganado.
De hecho, desde aquí propongo que ante tal muestra de determinación les echen el avío.
Perdón… a la bio, a la bao…
martes, 12 de mayo de 2009
lunes, 11 de mayo de 2009
Arcos del sitio
Por razones que sería más bien largo enumerar —aunque una de ellas fue la celebración del día de la madres—, me apersoné en el Centro Ecoturístico y de Educación Ambiental Arcos del Sitio, enclavado en el Parque Estatal Sierra de Tepotzotlán, perteneciente a los terrenos comunales de San Francisco Magú, una comunidad cuyas características la hacen especial y de la que otro día hablaré.
Primero debo decir que el parque es bonito. Pero que seguramente hace cinco años, cuando lo inaguró el entonces gobernador Arturo Montiel, debe haber sido mucho más bonito. Ahora digamos que empieza a acusar el paso del tiempo y, por qué no decirlo, el olvido: nadie de los que en aquel 2004 tomaban decisiones en la coordinación de áreas naturales protegidas —o algo así se llama o llamó la dependencia— se encuentra en alguna dependencia relacionada con el asunto; y tengo razones fundadas para creer que la Secretaría del Medio Ambiente es la beca más grande del gobierno estatal.
En fin: que a pesar de que es la propia comunidad de San Francisco Magú la que se hace cargo del parque, pues seguramente los ingresos son insuficientes para darle mantenimiento a las instalaciones —hasta las letras de la placa que recuerda la gloriosa inauguración ya se cayeron—. En las que empieza a notarse el deterioro —los puentes colgantes, por ejemplo, están destinados a que pase lo mismo que con el puente colgante de Zacango o el de El Ocotal—.
Pero donde se nota más que han pasado cinco años es en la carretera que une la vía Tepotzotlán-Villa del Carbón con el centro ecoturístico —la parte de educación ambiental juro que no la vi y ni me enteré de quién los construyó—. El paso continuo de camiones materialistas tiene la carretera hecha un muladar. Es decir, hay partes en donde es indispensable ampliar la carretera porque los baches ya no caben.
Es lógico, la ecuación: paso permanente de camiones pesados cargados de materiales para la construcción sumado a una carpeta asfáltica delgadita, elevada a la idea de taparle el ojo al macho mientras viene el gobernador en turno, da como resultado una carretera en la que hay que ir midiendo milimétricamente no para evitar el bache, sino para caer en el menos profundo.
Por lo demás, quedé completamente agotado. No sé cuántos kilómetros caminé para hacer el recorrido completo. Pero como nadie ni un méndigo anuncio indica la distancia del recorrido, chicos y grandes se lanzan con singular alegría sin saber lo que les depara el destino.
De Tepotzotlán no me quejo. El Museo Nacional del Virreinato estaba exactamente igual que cuando la última vez lo dejé encargado y les dije: “hay de ustedes si le pasa algo al último reducto de los jesuitas”.
Y por lo visto me hicieron caso.
viernes, 8 de mayo de 2009
Olmedo
Había en Piedras Negras, en el tercer piso departamento 5 del número 401 de la calle de Monterrey, un buen hombre que llamado Olmedo, que tenía el singular don de poder estar en varios lugares al mismo tiempo.
Era este Olmedo lo que se puede llamar un hombre ordinario.
Según contaba mi señor padre —que en gloria esté—, Olmedo no presumía de su omnipresencia. Para él era, incluso, una carga. Mi padre, que trabajó en el Resguardo Aduanal, adscrito a la frontera con Eagle Pass, Texas, trabó relación con el sujeto cuando revisaba su automóvil en el sencillo puente internacional y simultáneamente ayudaba, a unos metros de la frontera, a reparar una llanta a una gringa que contrataba trabajadores de la construcción.
Poseer el don de la ubicuidad era para Olmedo verdaderamente engorroso. Sobre todo a raíz de que confesó a su mujer la posibilidad que tenía de estar en dos o más sitios al mismo tiempo.
Por un descuido, hay que decirlo: cierta vez que se presentaba la caravana Corona en la limítrofe ciudad coahuilense, Olmedo y familia no tenían con quien dejar a sus menores hijos. Ya saben: la hermana también iría a ver a Miguel Aceves Mejía, la suegra tenía delirio por escuchar a Toña La Negra, la cuñada se negaba terminantemente a dormir en Piedras Negras —puesto que vivía del otro lado— y Olmedo tuvo el tino de decir que con tal de escuchar a Meche Barba —que era un mango— era capaz de quedarse a cuidar a sus chamacos.
Desde luego, aquello fue el acabose. Y sin darse cuenta, Olmedo reveló el secreto: estuvo en la presentación de la caravana y cuidó a sus hijos. Desde entonces, en su mujer todo fueron celos. “Sabrá Dios dónde estarás”, reclamaba con frecuencia mientras Olmedo le aseguraba que solamente allí: en el tercer piso departamento 5 del número 401 de la calle de Monterrey… aunque en ese momento esquiaba en los Alpes suizos con una francesa que tenía un ligero aire de Brigitte Bardot… y apostaba a la ruleta en Las Vegas, al lado de dos bombones y un jovencito Paul Anka.
Memorable fue el día en que Olmedo fue a parar a la cárcel de Piedras Negras. Naturalmente, en un esfuerzo desesperado de su legítima por evitar las que ella suponía —no sin razón— correrías y aventuras sin fin.
Una tarde, escribió a su mujer: “Muy señora mía: después de tres meses terminé ya el volumen número dos de El Quijote de la Mancha, un libro que he encontrado muy ilustrativo. Particularmente en su parte final, con esa referencia a las playas barcelonesas, adonde, movido por la curiosidad, me encuentro en este momento con una amiga catalana avecindada en Murcia. Le haré llegar la postal relativa. Aunque en realidad el motivo de la presente es pedir una edición respetable de La Guerra y La Paz, así como una guía de viajes por la Unión Soviética. Suyo al 100 por ciento, afectuosamente, Olmedo”.
Pero, cuenta mi señor padre, que el excéntrico Olmedo, repudiaba su gracia. Y nunca abandonó Piedras Negras. Aunque muchas veces —eso lo recuerdo yo— pasaba por la casa a jugar dominó y tomar una cuba de Don Pedro. Con cara de hastío, pero unos ojos brillantes.
jueves, 7 de mayo de 2009
Dos temas dos
El primero es el fallecimiento de Manuel Capetillo Villaseñor, vecino de Capulhuac, pero nativo de Ixtlahuacan, Jalisco.
Torero y actor, básicamente. El llamado mejor muletero del mundo —por esos largos pases en redondo— falleció el martes por la mañana en Nayarit. Dejó, desde luego, una familia dedicada a la farándula —incluyendo a Manuel, quien abrazó la labor de conductor de programas religiosos—, pero por sobre todas las cosas dejó la herencia del toreo alegre mexicano.
Como pocos. Porque por lo general los toreros son serios y muchos se ensimisman a la hora de torear. Pero las faenas de Capetillo Villaseñor eran siempre alegres, festivas y jaraneras. El carácter jalisciense se desbordaba, cuan largo era, en sus pases de capa y muleta.
Cuento lo que he visto en videos. Y lo que cuentan viejos aficionados. El Manuel Capetillo que conocí hace una década —en una gira con el entonces gobernador César Camacho, cuando invitaban a giras con el gobernador— era alegre y dicharachero, simpático desde la primera impresión.
Descanse en paz.
***
El mejor trabajo del mundo, ese que hubiéramos querido muchos, fue para un súbdito de la pérfida Albión.
Se trata de Ben Southall, de 34 años, que será el encargado de cuidar durante seis meses Hamilton, una isla tropical en Australia. Por ese trabajo de seis meses, ganará la friolera de 110 mil dólares.
Elegido entre cerca de 35 mil aspirantes —pocos latinoamericanos, por cierto— que se presentaron al concurso por internet organizado por el departamento de Turismo del estado australiano de Queensland, además del salario, el puesto de “vigilante” en Hamilton incluye una casa en la playa con tres dormitorios, piscina y un carrito de golf para recorrer la paradisiaca isla.
El trabajo de Southall comenzará el próximo 1 de julio. A partir de entonces, se relajará, escribirá, disfrutará del clima tropical y nadará en las cristalinas aguas de esta isla situada en la Gran Barrera de Coral.
Southall ha trabajado como guía turístico en África, dirigido proyectos de caridad en el Reino Unido, organiza un festival de música, y es un aficionado al maratón y a escalar montañas.
Por cierto, la campaña que ofreció “el mejor empleo del mundo” ha generado unos 75 millones de dólares en publicidad para la isla, lo que el departamento de Turismo de Queensland ha calificado como un éxito, pues invirtió apenas 1.25 millones de dólares en la convocatoria que en los primeros días recibió casi 20 mil solicitudes.
En las que estuvieron las de algunos mexicanos que no corrieron con suerte. Ahora, en el mejor de los casos buscarán chamba en las ferias del empleo. De lo que sea.
Torero y actor, básicamente. El llamado mejor muletero del mundo —por esos largos pases en redondo— falleció el martes por la mañana en Nayarit. Dejó, desde luego, una familia dedicada a la farándula —incluyendo a Manuel, quien abrazó la labor de conductor de programas religiosos—, pero por sobre todas las cosas dejó la herencia del toreo alegre mexicano.
Como pocos. Porque por lo general los toreros son serios y muchos se ensimisman a la hora de torear. Pero las faenas de Capetillo Villaseñor eran siempre alegres, festivas y jaraneras. El carácter jalisciense se desbordaba, cuan largo era, en sus pases de capa y muleta.
Cuento lo que he visto en videos. Y lo que cuentan viejos aficionados. El Manuel Capetillo que conocí hace una década —en una gira con el entonces gobernador César Camacho, cuando invitaban a giras con el gobernador— era alegre y dicharachero, simpático desde la primera impresión.
Descanse en paz.
***
El mejor trabajo del mundo, ese que hubiéramos querido muchos, fue para un súbdito de la pérfida Albión.
Se trata de Ben Southall, de 34 años, que será el encargado de cuidar durante seis meses Hamilton, una isla tropical en Australia. Por ese trabajo de seis meses, ganará la friolera de 110 mil dólares.
Elegido entre cerca de 35 mil aspirantes —pocos latinoamericanos, por cierto— que se presentaron al concurso por internet organizado por el departamento de Turismo del estado australiano de Queensland, además del salario, el puesto de “vigilante” en Hamilton incluye una casa en la playa con tres dormitorios, piscina y un carrito de golf para recorrer la paradisiaca isla.
El trabajo de Southall comenzará el próximo 1 de julio. A partir de entonces, se relajará, escribirá, disfrutará del clima tropical y nadará en las cristalinas aguas de esta isla situada en la Gran Barrera de Coral.
Southall ha trabajado como guía turístico en África, dirigido proyectos de caridad en el Reino Unido, organiza un festival de música, y es un aficionado al maratón y a escalar montañas.
Por cierto, la campaña que ofreció “el mejor empleo del mundo” ha generado unos 75 millones de dólares en publicidad para la isla, lo que el departamento de Turismo de Queensland ha calificado como un éxito, pues invirtió apenas 1.25 millones de dólares en la convocatoria que en los primeros días recibió casi 20 mil solicitudes.
En las que estuvieron las de algunos mexicanos que no corrieron con suerte. Ahora, en el mejor de los casos buscarán chamba en las ferias del empleo. De lo que sea.
miércoles, 6 de mayo de 2009
Paliacate
Agobiado por las medidas sanitarias impuestas por el gobierno federal, busqué y busqué, sin encontrar, tapabocas de a peso.
Solamente en una farmacia hubo —no esperen que diga el nombre—, pero a 3.50 pesos. Así que era eso o nada.
Lo tuve que tomar. Para mi familia. Pero yo, me compre un paliacate.
Para sustituir uno muy bonito de color negro con un alacrán impreso en el centro, que me acompañó durante años por lienzos charros y rodeos —incluyendo, por supuesto, el Rodeo Santa Fe, del que tan buenas memorias guardo—, pero que no pude encontrar.
El último tapabocas que tengo para mi uso persona es el que traigo colgado al cuello hoy. Es azul, sencillito, delgadito y me costó un peso con 50 centavos. En su momento no compré más porque desestimé la alerta sanitaria. No pensé que la cosa iba a pasar a mayores.
Y ahora, conversando a dos metros con 25 centímetros de distancia, sin corbata, lavándome las manos cada que puedo, me arrepiento de no haber acaparado tapabocas para revenderlos hoy con un margen de ganancia de más de 100 por ciento.
Eso sí, estoy dedicado a la ardua tarea de fabricar alcohol en gel. Con un procedimiento que me remitió a la secundaria —la federal número 91, Antonio Caso—… Pero no porque tuviéramos un laboratorio en la escuela, sino porque para hacer algunos experimentos era necesario usar los utensilios domésticos como cucharas, tazas y flaneras.
De modo que con un batidillo monumental, he logrado que la mezcla de alcohol, carbopol, trietanolamina y glicerina se convierta en una masa pastosa, de color indescifrable, pero que huele a alcohol y se comporta como el gel que está tan escaso en las farmacias y en cualquier tienda donde se expendan materiales médicos.
A eso nos ha obligado a algunos la actual contingencia. Sobre todo cuando a) es imposible lavarse las manos cada 30 minutos como recomiendan las autoridades y b) no hay alcohol en gel en ninguna parte —exceptuando, desde luego, los discursos políticos—. Sin embargo, los menjunjes caseros funcionan.
Sólo en el caso de los tapabocas estamos a expensas de la industria correspondiente. Sobre todo cuando las máquinas de coser son un implemento del que ya carecen la mayoría de los hogares mexicanos —así como en el pasado casi todos tenían—.
Por eso lo del paliacate.
Con el que a partir de hoy me voy a embozar. Sólo les pido, por favor, no ser confundido con algún maleante.
Y para mayores señas aviso: mientras dure la emergencia, el del paliacate anaranjado soy yo.
Solamente en una farmacia hubo —no esperen que diga el nombre—, pero a 3.50 pesos. Así que era eso o nada.
Lo tuve que tomar. Para mi familia. Pero yo, me compre un paliacate.
Para sustituir uno muy bonito de color negro con un alacrán impreso en el centro, que me acompañó durante años por lienzos charros y rodeos —incluyendo, por supuesto, el Rodeo Santa Fe, del que tan buenas memorias guardo—, pero que no pude encontrar.
El último tapabocas que tengo para mi uso persona es el que traigo colgado al cuello hoy. Es azul, sencillito, delgadito y me costó un peso con 50 centavos. En su momento no compré más porque desestimé la alerta sanitaria. No pensé que la cosa iba a pasar a mayores.
Y ahora, conversando a dos metros con 25 centímetros de distancia, sin corbata, lavándome las manos cada que puedo, me arrepiento de no haber acaparado tapabocas para revenderlos hoy con un margen de ganancia de más de 100 por ciento.
Eso sí, estoy dedicado a la ardua tarea de fabricar alcohol en gel. Con un procedimiento que me remitió a la secundaria —la federal número 91, Antonio Caso—… Pero no porque tuviéramos un laboratorio en la escuela, sino porque para hacer algunos experimentos era necesario usar los utensilios domésticos como cucharas, tazas y flaneras.
De modo que con un batidillo monumental, he logrado que la mezcla de alcohol, carbopol, trietanolamina y glicerina se convierta en una masa pastosa, de color indescifrable, pero que huele a alcohol y se comporta como el gel que está tan escaso en las farmacias y en cualquier tienda donde se expendan materiales médicos.
A eso nos ha obligado a algunos la actual contingencia. Sobre todo cuando a) es imposible lavarse las manos cada 30 minutos como recomiendan las autoridades y b) no hay alcohol en gel en ninguna parte —exceptuando, desde luego, los discursos políticos—. Sin embargo, los menjunjes caseros funcionan.
Sólo en el caso de los tapabocas estamos a expensas de la industria correspondiente. Sobre todo cuando las máquinas de coser son un implemento del que ya carecen la mayoría de los hogares mexicanos —así como en el pasado casi todos tenían—.
Por eso lo del paliacate.
Con el que a partir de hoy me voy a embozar. Sólo les pido, por favor, no ser confundido con algún maleante.
Y para mayores señas aviso: mientras dure la emergencia, el del paliacate anaranjado soy yo.
martes, 5 de mayo de 2009
Nuestros políticos en campaña
No sin cierta sorpresa revisé los datos de la encuesta nacional sobre cultura política y prácticas ciudadanas: resulta que a los mexicanos en general la política nos viene valiendo un soberano cacahuate.
96 de cada 100 desconfiamos de los políticos y apenas uno de cada cuatro ha participado en algún asunto político adicional a la emisión del voto.
Dicho en pocas palabras: tenemos un marcado desinterés y una incultura política galopante.
Y claro, por eso cuando de política se trata, las cosas están como están. Por eso también somos incapaces de exigir nuestros derechos y demandar que las autoridades cumplan con sus obligaciones.
Desde luego, nuestro desinterés no es casual: aquel que exige y cuestiona es inmediatamente calificado como alborotador, argüendero, peligroso, opositor y quién sabe cuántas cosas más. Por eso preferimos quedarnos tranquilos, mientras una gavilla de políticos —de todos los partidos— hace y deshace a su antojo, sin contradicción popular. Preferimos ser agachones que ser señalados como levantiscos.
Mientras ellos se eternizan.
Hoy alcaldes, mañana diputados, después funcionarios, más tarde gobernadores, luego otra vez legisladores, funcionarios, senadores, diputados, comisionados… y así hasta nunca acabar.
Porque dicen que vivir fuera del presupuesto es vivir en el error.
Aunque ellos dirán que tienen un manifiesto deseo de servirle al pueblo.
Como lo han hecho una y otra vez.
Aunque de nada hayan servido. Hoy se dan cuenta de que las clínicas y centros de salud no atienden las 24 horas del día, que los servicios públicos tienen deficiencias, que la seguridad pública no ampara a nadie, que los gobiernos cometen errores, que la educación es mala, que hacen falta caminos, que se necesitan escuelas, que se requieren hospitales, que urgen los empleos, que la economía debe crecer, que las leyes deben perfeccionarse, que se necesita hacer obra pública, que es indispensable mejorar el abasto de agua, que la procuración de justicia es infame, que debe aumentarse la cobertura del servicio eléctrico…
Y mil y un cosas más.
De las que sólo se dan cuenta cuando están en campaña.
Antes, cuando tuvieron una responsabilidad pública estaban ciegos y sordos —ni los veo ni los oigo, dice el clásico salinista—. O algo así, porque solamente eso explica sus descubrimientos y promesas de enmienda —porque eso parecen—.
Que se esfumarán en cuanto alcancen el anhelado cargo público. Y entonces no conozcan a nadie ni saluden a nadie. Y se rodeen de vallas infranqueables y múltiples funcionarios menores cuya función sea ayudar a que nadie les recuerde lo que hoy pregonan.
96 de cada 100 desconfiamos de los políticos y apenas uno de cada cuatro ha participado en algún asunto político adicional a la emisión del voto.
Dicho en pocas palabras: tenemos un marcado desinterés y una incultura política galopante.
Y claro, por eso cuando de política se trata, las cosas están como están. Por eso también somos incapaces de exigir nuestros derechos y demandar que las autoridades cumplan con sus obligaciones.
Desde luego, nuestro desinterés no es casual: aquel que exige y cuestiona es inmediatamente calificado como alborotador, argüendero, peligroso, opositor y quién sabe cuántas cosas más. Por eso preferimos quedarnos tranquilos, mientras una gavilla de políticos —de todos los partidos— hace y deshace a su antojo, sin contradicción popular. Preferimos ser agachones que ser señalados como levantiscos.
Mientras ellos se eternizan.
Hoy alcaldes, mañana diputados, después funcionarios, más tarde gobernadores, luego otra vez legisladores, funcionarios, senadores, diputados, comisionados… y así hasta nunca acabar.
Porque dicen que vivir fuera del presupuesto es vivir en el error.
Aunque ellos dirán que tienen un manifiesto deseo de servirle al pueblo.
Como lo han hecho una y otra vez.
Aunque de nada hayan servido. Hoy se dan cuenta de que las clínicas y centros de salud no atienden las 24 horas del día, que los servicios públicos tienen deficiencias, que la seguridad pública no ampara a nadie, que los gobiernos cometen errores, que la educación es mala, que hacen falta caminos, que se necesitan escuelas, que se requieren hospitales, que urgen los empleos, que la economía debe crecer, que las leyes deben perfeccionarse, que se necesita hacer obra pública, que es indispensable mejorar el abasto de agua, que la procuración de justicia es infame, que debe aumentarse la cobertura del servicio eléctrico…
Y mil y un cosas más.
De las que sólo se dan cuenta cuando están en campaña.
Antes, cuando tuvieron una responsabilidad pública estaban ciegos y sordos —ni los veo ni los oigo, dice el clásico salinista—. O algo así, porque solamente eso explica sus descubrimientos y promesas de enmienda —porque eso parecen—.
Que se esfumarán en cuanto alcancen el anhelado cargo público. Y entonces no conozcan a nadie ni saluden a nadie. Y se rodeen de vallas infranqueables y múltiples funcionarios menores cuya función sea ayudar a que nadie les recuerde lo que hoy pregonan.
lunes, 4 de mayo de 2009
Conspiración
Media docena de correos electrónicos han llegado hasta mi buzón con la teoría de que la epidemia de influenza es producto de un compló internacional.
Las conspiraciones internacionales se las dejo a las películas de James Bond. Así que el compló de petatiux que enarbola el correo electrónico que comienza con “Me acaba de llegar este correo, creense su propia opinion (sic)”, me hace opinar que los conspiracionistas son más peligrosos que la influenza porcina misma.
Además de unos alcornoques en materia de aritmética. Cosa que deduje fácilmente en los primeros párrafos del mensaje en cuestión: dicen que en la reunión de los G7 se tomaron dos conclusiones fundamentales y enlistan tres. Adicionalmente, al señalar los integrantes del G7 mencionan seis países.
Mejor que un sketch de Los hermanos Lelos. Todavía lo leo y me muero de la risa.
Enseguida una serie de hechos inconexos, que para efectos del compló poco se necesita para enlazarlos. Por ejemplo, decir que Sanofi Aventis anunció el 27 de abril “que inyectara 100 millones de euros en una nueva planta de vacunas”… el anuncio, real, ocurrió el 19 de abril, y la planta se construye desde hace semanas en Ocoyoacac, en el estado de México.
Luego, los conspiracionistas hacen una afirmación sin sustento: la industria farmacéutica “a nivel mundial tenía problemas financieros por la baja en la venta de medicamentos”. Ajá, cómo no. Como si la gente que se enferma todos los días de mil y una enfermedades no comprara ni una triste aspirina.
Sin olvidar sus conclusiones irrisorias. Como decir que hay dos alternativas: que continúe la suspensión de clases o decir que se controló la enfermedad. Sí, verdad. Nomás hay de dos sopas, con compló o sin él. Si hasta las conspiraciones tienen algo de lógica, así sea para tener la razón pase lo que pase.
Pero lo mejor viene en una serie de cuestionamientos finales. Que por absurdos son geniales. Como: “Si la influenza porcina es una mutación del virus original de los cerdos, entonces el brote de la infección debería haber comenzado en el campo y no en la ciudades”. Por supuesto, respondo: ¿o es que nadie ha escuchado hablar de la metrópoli veracruzana llamada La Gloria?, ¿esa fastuosa ciudad de millones de habitantes?
Y esta otra: “¿Por qué no han dicho el nombre del retroviral que esta ‘curando’ a la gente enferma?”.
Para responder esa pregunta basta con estar medianamente informado. El nombre comercial es Tamiflu y la sustancia activa es el oseltamivir. También está el zanamivir, cuyo nombre comercial es Relenza o Relenz. Por cierto, ninguno de los dos los fabrica Sanofi Aventis.
A los mentecatos autores del correo electrónico les preguntaría: ¿Por qué no se ponen a buscar ovnis o al unicornio azul? Juro que sería más provechoso.
Las conspiraciones internacionales se las dejo a las películas de James Bond. Así que el compló de petatiux que enarbola el correo electrónico que comienza con “Me acaba de llegar este correo, creense su propia opinion (sic)”, me hace opinar que los conspiracionistas son más peligrosos que la influenza porcina misma.
Además de unos alcornoques en materia de aritmética. Cosa que deduje fácilmente en los primeros párrafos del mensaje en cuestión: dicen que en la reunión de los G7 se tomaron dos conclusiones fundamentales y enlistan tres. Adicionalmente, al señalar los integrantes del G7 mencionan seis países.
Mejor que un sketch de Los hermanos Lelos. Todavía lo leo y me muero de la risa.
Enseguida una serie de hechos inconexos, que para efectos del compló poco se necesita para enlazarlos. Por ejemplo, decir que Sanofi Aventis anunció el 27 de abril “que inyectara 100 millones de euros en una nueva planta de vacunas”… el anuncio, real, ocurrió el 19 de abril, y la planta se construye desde hace semanas en Ocoyoacac, en el estado de México.
Luego, los conspiracionistas hacen una afirmación sin sustento: la industria farmacéutica “a nivel mundial tenía problemas financieros por la baja en la venta de medicamentos”. Ajá, cómo no. Como si la gente que se enferma todos los días de mil y una enfermedades no comprara ni una triste aspirina.
Sin olvidar sus conclusiones irrisorias. Como decir que hay dos alternativas: que continúe la suspensión de clases o decir que se controló la enfermedad. Sí, verdad. Nomás hay de dos sopas, con compló o sin él. Si hasta las conspiraciones tienen algo de lógica, así sea para tener la razón pase lo que pase.
Pero lo mejor viene en una serie de cuestionamientos finales. Que por absurdos son geniales. Como: “Si la influenza porcina es una mutación del virus original de los cerdos, entonces el brote de la infección debería haber comenzado en el campo y no en la ciudades”. Por supuesto, respondo: ¿o es que nadie ha escuchado hablar de la metrópoli veracruzana llamada La Gloria?, ¿esa fastuosa ciudad de millones de habitantes?
Y esta otra: “¿Por qué no han dicho el nombre del retroviral que esta ‘curando’ a la gente enferma?”.
Para responder esa pregunta basta con estar medianamente informado. El nombre comercial es Tamiflu y la sustancia activa es el oseltamivir. También está el zanamivir, cuyo nombre comercial es Relenza o Relenz. Por cierto, ninguno de los dos los fabrica Sanofi Aventis.
A los mentecatos autores del correo electrónico les preguntaría: ¿Por qué no se ponen a buscar ovnis o al unicornio azul? Juro que sería más provechoso.
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