Agobiado por las medidas sanitarias impuestas por el gobierno federal, busqué y busqué, sin encontrar, tapabocas de a peso.
Solamente en una farmacia hubo —no esperen que diga el nombre—, pero a 3.50 pesos. Así que era eso o nada.
Lo tuve que tomar. Para mi familia. Pero yo, me compre un paliacate.
Para sustituir uno muy bonito de color negro con un alacrán impreso en el centro, que me acompañó durante años por lienzos charros y rodeos —incluyendo, por supuesto, el Rodeo Santa Fe, del que tan buenas memorias guardo—, pero que no pude encontrar.
El último tapabocas que tengo para mi uso persona es el que traigo colgado al cuello hoy. Es azul, sencillito, delgadito y me costó un peso con 50 centavos. En su momento no compré más porque desestimé la alerta sanitaria. No pensé que la cosa iba a pasar a mayores.
Y ahora, conversando a dos metros con 25 centímetros de distancia, sin corbata, lavándome las manos cada que puedo, me arrepiento de no haber acaparado tapabocas para revenderlos hoy con un margen de ganancia de más de 100 por ciento.
Eso sí, estoy dedicado a la ardua tarea de fabricar alcohol en gel. Con un procedimiento que me remitió a la secundaria —la federal número 91, Antonio Caso—… Pero no porque tuviéramos un laboratorio en la escuela, sino porque para hacer algunos experimentos era necesario usar los utensilios domésticos como cucharas, tazas y flaneras.
De modo que con un batidillo monumental, he logrado que la mezcla de alcohol, carbopol, trietanolamina y glicerina se convierta en una masa pastosa, de color indescifrable, pero que huele a alcohol y se comporta como el gel que está tan escaso en las farmacias y en cualquier tienda donde se expendan materiales médicos.
A eso nos ha obligado a algunos la actual contingencia. Sobre todo cuando a) es imposible lavarse las manos cada 30 minutos como recomiendan las autoridades y b) no hay alcohol en gel en ninguna parte —exceptuando, desde luego, los discursos políticos—. Sin embargo, los menjunjes caseros funcionan.
Sólo en el caso de los tapabocas estamos a expensas de la industria correspondiente. Sobre todo cuando las máquinas de coser son un implemento del que ya carecen la mayoría de los hogares mexicanos —así como en el pasado casi todos tenían—.
Por eso lo del paliacate.
Con el que a partir de hoy me voy a embozar. Sólo les pido, por favor, no ser confundido con algún maleante.
Y para mayores señas aviso: mientras dure la emergencia, el del paliacate anaranjado soy yo.
miércoles, 6 de mayo de 2009
martes, 5 de mayo de 2009
Nuestros políticos en campaña
No sin cierta sorpresa revisé los datos de la encuesta nacional sobre cultura política y prácticas ciudadanas: resulta que a los mexicanos en general la política nos viene valiendo un soberano cacahuate.
96 de cada 100 desconfiamos de los políticos y apenas uno de cada cuatro ha participado en algún asunto político adicional a la emisión del voto.
Dicho en pocas palabras: tenemos un marcado desinterés y una incultura política galopante.
Y claro, por eso cuando de política se trata, las cosas están como están. Por eso también somos incapaces de exigir nuestros derechos y demandar que las autoridades cumplan con sus obligaciones.
Desde luego, nuestro desinterés no es casual: aquel que exige y cuestiona es inmediatamente calificado como alborotador, argüendero, peligroso, opositor y quién sabe cuántas cosas más. Por eso preferimos quedarnos tranquilos, mientras una gavilla de políticos —de todos los partidos— hace y deshace a su antojo, sin contradicción popular. Preferimos ser agachones que ser señalados como levantiscos.
Mientras ellos se eternizan.
Hoy alcaldes, mañana diputados, después funcionarios, más tarde gobernadores, luego otra vez legisladores, funcionarios, senadores, diputados, comisionados… y así hasta nunca acabar.
Porque dicen que vivir fuera del presupuesto es vivir en el error.
Aunque ellos dirán que tienen un manifiesto deseo de servirle al pueblo.
Como lo han hecho una y otra vez.
Aunque de nada hayan servido. Hoy se dan cuenta de que las clínicas y centros de salud no atienden las 24 horas del día, que los servicios públicos tienen deficiencias, que la seguridad pública no ampara a nadie, que los gobiernos cometen errores, que la educación es mala, que hacen falta caminos, que se necesitan escuelas, que se requieren hospitales, que urgen los empleos, que la economía debe crecer, que las leyes deben perfeccionarse, que se necesita hacer obra pública, que es indispensable mejorar el abasto de agua, que la procuración de justicia es infame, que debe aumentarse la cobertura del servicio eléctrico…
Y mil y un cosas más.
De las que sólo se dan cuenta cuando están en campaña.
Antes, cuando tuvieron una responsabilidad pública estaban ciegos y sordos —ni los veo ni los oigo, dice el clásico salinista—. O algo así, porque solamente eso explica sus descubrimientos y promesas de enmienda —porque eso parecen—.
Que se esfumarán en cuanto alcancen el anhelado cargo público. Y entonces no conozcan a nadie ni saluden a nadie. Y se rodeen de vallas infranqueables y múltiples funcionarios menores cuya función sea ayudar a que nadie les recuerde lo que hoy pregonan.
96 de cada 100 desconfiamos de los políticos y apenas uno de cada cuatro ha participado en algún asunto político adicional a la emisión del voto.
Dicho en pocas palabras: tenemos un marcado desinterés y una incultura política galopante.
Y claro, por eso cuando de política se trata, las cosas están como están. Por eso también somos incapaces de exigir nuestros derechos y demandar que las autoridades cumplan con sus obligaciones.
Desde luego, nuestro desinterés no es casual: aquel que exige y cuestiona es inmediatamente calificado como alborotador, argüendero, peligroso, opositor y quién sabe cuántas cosas más. Por eso preferimos quedarnos tranquilos, mientras una gavilla de políticos —de todos los partidos— hace y deshace a su antojo, sin contradicción popular. Preferimos ser agachones que ser señalados como levantiscos.
Mientras ellos se eternizan.
Hoy alcaldes, mañana diputados, después funcionarios, más tarde gobernadores, luego otra vez legisladores, funcionarios, senadores, diputados, comisionados… y así hasta nunca acabar.
Porque dicen que vivir fuera del presupuesto es vivir en el error.
Aunque ellos dirán que tienen un manifiesto deseo de servirle al pueblo.
Como lo han hecho una y otra vez.
Aunque de nada hayan servido. Hoy se dan cuenta de que las clínicas y centros de salud no atienden las 24 horas del día, que los servicios públicos tienen deficiencias, que la seguridad pública no ampara a nadie, que los gobiernos cometen errores, que la educación es mala, que hacen falta caminos, que se necesitan escuelas, que se requieren hospitales, que urgen los empleos, que la economía debe crecer, que las leyes deben perfeccionarse, que se necesita hacer obra pública, que es indispensable mejorar el abasto de agua, que la procuración de justicia es infame, que debe aumentarse la cobertura del servicio eléctrico…
Y mil y un cosas más.
De las que sólo se dan cuenta cuando están en campaña.
Antes, cuando tuvieron una responsabilidad pública estaban ciegos y sordos —ni los veo ni los oigo, dice el clásico salinista—. O algo así, porque solamente eso explica sus descubrimientos y promesas de enmienda —porque eso parecen—.
Que se esfumarán en cuanto alcancen el anhelado cargo público. Y entonces no conozcan a nadie ni saluden a nadie. Y se rodeen de vallas infranqueables y múltiples funcionarios menores cuya función sea ayudar a que nadie les recuerde lo que hoy pregonan.
lunes, 4 de mayo de 2009
Conspiración
Media docena de correos electrónicos han llegado hasta mi buzón con la teoría de que la epidemia de influenza es producto de un compló internacional.
Las conspiraciones internacionales se las dejo a las películas de James Bond. Así que el compló de petatiux que enarbola el correo electrónico que comienza con “Me acaba de llegar este correo, creense su propia opinion (sic)”, me hace opinar que los conspiracionistas son más peligrosos que la influenza porcina misma.
Además de unos alcornoques en materia de aritmética. Cosa que deduje fácilmente en los primeros párrafos del mensaje en cuestión: dicen que en la reunión de los G7 se tomaron dos conclusiones fundamentales y enlistan tres. Adicionalmente, al señalar los integrantes del G7 mencionan seis países.
Mejor que un sketch de Los hermanos Lelos. Todavía lo leo y me muero de la risa.
Enseguida una serie de hechos inconexos, que para efectos del compló poco se necesita para enlazarlos. Por ejemplo, decir que Sanofi Aventis anunció el 27 de abril “que inyectara 100 millones de euros en una nueva planta de vacunas”… el anuncio, real, ocurrió el 19 de abril, y la planta se construye desde hace semanas en Ocoyoacac, en el estado de México.
Luego, los conspiracionistas hacen una afirmación sin sustento: la industria farmacéutica “a nivel mundial tenía problemas financieros por la baja en la venta de medicamentos”. Ajá, cómo no. Como si la gente que se enferma todos los días de mil y una enfermedades no comprara ni una triste aspirina.
Sin olvidar sus conclusiones irrisorias. Como decir que hay dos alternativas: que continúe la suspensión de clases o decir que se controló la enfermedad. Sí, verdad. Nomás hay de dos sopas, con compló o sin él. Si hasta las conspiraciones tienen algo de lógica, así sea para tener la razón pase lo que pase.
Pero lo mejor viene en una serie de cuestionamientos finales. Que por absurdos son geniales. Como: “Si la influenza porcina es una mutación del virus original de los cerdos, entonces el brote de la infección debería haber comenzado en el campo y no en la ciudades”. Por supuesto, respondo: ¿o es que nadie ha escuchado hablar de la metrópoli veracruzana llamada La Gloria?, ¿esa fastuosa ciudad de millones de habitantes?
Y esta otra: “¿Por qué no han dicho el nombre del retroviral que esta ‘curando’ a la gente enferma?”.
Para responder esa pregunta basta con estar medianamente informado. El nombre comercial es Tamiflu y la sustancia activa es el oseltamivir. También está el zanamivir, cuyo nombre comercial es Relenza o Relenz. Por cierto, ninguno de los dos los fabrica Sanofi Aventis.
A los mentecatos autores del correo electrónico les preguntaría: ¿Por qué no se ponen a buscar ovnis o al unicornio azul? Juro que sería más provechoso.
Las conspiraciones internacionales se las dejo a las películas de James Bond. Así que el compló de petatiux que enarbola el correo electrónico que comienza con “Me acaba de llegar este correo, creense su propia opinion (sic)”, me hace opinar que los conspiracionistas son más peligrosos que la influenza porcina misma.
Además de unos alcornoques en materia de aritmética. Cosa que deduje fácilmente en los primeros párrafos del mensaje en cuestión: dicen que en la reunión de los G7 se tomaron dos conclusiones fundamentales y enlistan tres. Adicionalmente, al señalar los integrantes del G7 mencionan seis países.
Mejor que un sketch de Los hermanos Lelos. Todavía lo leo y me muero de la risa.
Enseguida una serie de hechos inconexos, que para efectos del compló poco se necesita para enlazarlos. Por ejemplo, decir que Sanofi Aventis anunció el 27 de abril “que inyectara 100 millones de euros en una nueva planta de vacunas”… el anuncio, real, ocurrió el 19 de abril, y la planta se construye desde hace semanas en Ocoyoacac, en el estado de México.
Luego, los conspiracionistas hacen una afirmación sin sustento: la industria farmacéutica “a nivel mundial tenía problemas financieros por la baja en la venta de medicamentos”. Ajá, cómo no. Como si la gente que se enferma todos los días de mil y una enfermedades no comprara ni una triste aspirina.
Sin olvidar sus conclusiones irrisorias. Como decir que hay dos alternativas: que continúe la suspensión de clases o decir que se controló la enfermedad. Sí, verdad. Nomás hay de dos sopas, con compló o sin él. Si hasta las conspiraciones tienen algo de lógica, así sea para tener la razón pase lo que pase.
Pero lo mejor viene en una serie de cuestionamientos finales. Que por absurdos son geniales. Como: “Si la influenza porcina es una mutación del virus original de los cerdos, entonces el brote de la infección debería haber comenzado en el campo y no en la ciudades”. Por supuesto, respondo: ¿o es que nadie ha escuchado hablar de la metrópoli veracruzana llamada La Gloria?, ¿esa fastuosa ciudad de millones de habitantes?
Y esta otra: “¿Por qué no han dicho el nombre del retroviral que esta ‘curando’ a la gente enferma?”.
Para responder esa pregunta basta con estar medianamente informado. El nombre comercial es Tamiflu y la sustancia activa es el oseltamivir. También está el zanamivir, cuyo nombre comercial es Relenza o Relenz. Por cierto, ninguno de los dos los fabrica Sanofi Aventis.
A los mentecatos autores del correo electrónico les preguntaría: ¿Por qué no se ponen a buscar ovnis o al unicornio azul? Juro que sería más provechoso.
miércoles, 29 de abril de 2009
Paranoia
Estaba en una farmacia, por razones que no viene al caso contar —y porque no se me da la gana—. Frente a mí, un par de mujeres exigían desaforadas que la dependienta les mostrara uno de los tantos productos que se expenden en cualquier botica seria.
Madre e hija, supongo, iban perfectamente cubiertas con su tapabocas semi industrial. Sí, no el típico azul, verde o blanco que se atora con una liga, sino aquel grueso que parece una concha, lleva en la parte de la nariz una cinta metálica y se utiliza para pintar o hacer labores de carpintería. En pocas palabras, un tapabocas reforzado.
Tenían enfrente un litro de alcohol, vitamina C en pastillas y la dependienta les llevó tres distintas presentaciones de algodón. Mientras esperaba a que me surtieran la receta, se debatieron entre la presentación mediana y la extragrande: la hija sugería la mediana, pero la madre optó por la jumbo. La menor, ya entrada en carnes, cedió.
Al pasar a la caja, entre la señoras en cuestión y el arriba firmante quedó un fulano.
Que tuvo la osadía de toser.
¡Uy! No lo hubiera hecho: la mayor de las mujeres se hizo a un lado a la velocidad de la luz y sobrevino el reclamo: ¡Señor, no me tosa! —¡No es broma!, intervino la más joven, echando mano a sus fierros como queriendo pelear. En esas estaban cuando la demanda de pago de la cajera disipó la tormenta reclamando el justo pago por la mercancía adquirida.
Pero esta empleada de botica cometió el error de toser. ¡Cajum! Sin aviso de por medio y sin cubrirse la boca con la parte interna del codo —como mandan los cánones—.
Ya se imaginan: nuestra preocupadas mujeres pusieron el grito en el cielo. ¡Señorita —exclamó la más vieja—, si usted se quiere morir es su problema! ¡Qué no se da cuenta de que toser así es como darme un balazo! ¡Es como el Sida!
Enseguida, en un tono que me pareció de perturbación, explicó —déjenme anotar que la cajera no ponía atención— en voz alta, supongo que a la concurrencia, que el alcohol y el algodón eran para limpiar utensilios en su casa. Enseguida, dirigiéndose a su compañera de compras, opinó que con haber estudiado la primaria era suficiente para darse cuenta de la peligrosidad de toserle a la gente.
Desde luego, disimulé una carcajada. A veces ni una Maestría en Salud Pública con Especialización en Administración de Empresas y Sistemas de Salud, pensé. Por fortuna, llevaba uno de esos tapabocas que ahora lleva uno como parte del uniforme de diario.
Pero lo más bonito fue cuando la cajera entregó el cambio. La matrona ni se acercó —no le fueran a toser más de lo tosida que ya estaba—. Pero la joven recibió con la punta de los dedos los billetes y de inmediato los roció con un spray así de chiquito, supongo que en un esfuerzo supremo de desinfección.
Sólo espero que después de tantas precauciones, haya funcionado. Porque, como dicen en mi pueblo, nadie tiene la vida comprada.
Madre e hija, supongo, iban perfectamente cubiertas con su tapabocas semi industrial. Sí, no el típico azul, verde o blanco que se atora con una liga, sino aquel grueso que parece una concha, lleva en la parte de la nariz una cinta metálica y se utiliza para pintar o hacer labores de carpintería. En pocas palabras, un tapabocas reforzado.
Tenían enfrente un litro de alcohol, vitamina C en pastillas y la dependienta les llevó tres distintas presentaciones de algodón. Mientras esperaba a que me surtieran la receta, se debatieron entre la presentación mediana y la extragrande: la hija sugería la mediana, pero la madre optó por la jumbo. La menor, ya entrada en carnes, cedió.
Al pasar a la caja, entre la señoras en cuestión y el arriba firmante quedó un fulano.
Que tuvo la osadía de toser.
¡Uy! No lo hubiera hecho: la mayor de las mujeres se hizo a un lado a la velocidad de la luz y sobrevino el reclamo: ¡Señor, no me tosa! —¡No es broma!, intervino la más joven, echando mano a sus fierros como queriendo pelear. En esas estaban cuando la demanda de pago de la cajera disipó la tormenta reclamando el justo pago por la mercancía adquirida.
Pero esta empleada de botica cometió el error de toser. ¡Cajum! Sin aviso de por medio y sin cubrirse la boca con la parte interna del codo —como mandan los cánones—.
Ya se imaginan: nuestra preocupadas mujeres pusieron el grito en el cielo. ¡Señorita —exclamó la más vieja—, si usted se quiere morir es su problema! ¡Qué no se da cuenta de que toser así es como darme un balazo! ¡Es como el Sida!
Enseguida, en un tono que me pareció de perturbación, explicó —déjenme anotar que la cajera no ponía atención— en voz alta, supongo que a la concurrencia, que el alcohol y el algodón eran para limpiar utensilios en su casa. Enseguida, dirigiéndose a su compañera de compras, opinó que con haber estudiado la primaria era suficiente para darse cuenta de la peligrosidad de toserle a la gente.
Desde luego, disimulé una carcajada. A veces ni una Maestría en Salud Pública con Especialización en Administración de Empresas y Sistemas de Salud, pensé. Por fortuna, llevaba uno de esos tapabocas que ahora lleva uno como parte del uniforme de diario.
Pero lo más bonito fue cuando la cajera entregó el cambio. La matrona ni se acercó —no le fueran a toser más de lo tosida que ya estaba—. Pero la joven recibió con la punta de los dedos los billetes y de inmediato los roció con un spray así de chiquito, supongo que en un esfuerzo supremo de desinfección.
Sólo espero que después de tantas precauciones, haya funcionado. Porque, como dicen en mi pueblo, nadie tiene la vida comprada.
martes, 28 de abril de 2009
De película
Perdónenme la falta de reverencia que viene a continuación.
Pero el caso lo amerita.
Verán: cuando el gobierno federal decidió anunciar la suspensión de clases y dio a conocer la epidemia de influenza porcina, lo primero que se me vino a la cabeza fue la película Exterminio —28 days later, es su título original en inglés—, del director Danny Boyle, el mismo de la ganadora del Óscar Quiero ser millonario —Slumdog Millionaire—.
La idea regresó cuando ayer lunes 27 de abril las autoridades federales informaron que ya pensaban en el cierre de las fronteras.
Si la vieron, saben a lo que me refiero. Si no, deberían verla. Pero les cuento:
La historia comienza cuando una incursión de activistas a favor de los derechos de los animales libera a un grupo de monos infectados con un contagioso virus que se transmite a través de la sangre. La infección pronto se extiende por todo el Reino Unido, transformando a casi la totalidad de la población en seres violentos y primitivos y obligando a declarar una cuarentena total sobre la isla.
El protagonista despierta de un coma en un hospital londinense 28 días después de iniciarse la pandemia. Al salir del hospital descubre una ciudad de Londres desierta y apocalíptica. Es atacado, pero dos sobrevivientes lo ayudan contra los infectados y lo llevan a su escondite. El virus se contagia por mordeduras, sangre y saliva, y que el virus se demora 20 segundos en hacer efecto. Tras muchas peripecias escuchan un anuncio por radio del ejército que ofrece seguridad y un nuevo comienzo, así que se dirigen al norte hacia Manchester. Cuando llegan, encuentran todos los helicópteros y autos militares vacíos. Pero hay un grupo de sobrevivientes que utilizan una mansión como refugio, pero intentan convertir a las mujeres protagonistas en esclavas sexuales. Sin embargo, los protagonistas consiguen escapar y los militares mueren.
Las últimas escenas de la película muestran a los protagonistas en una pequeña casa en el campo, fabricando un enorme cartel que dice “hello” en espera de ser rescatados por los aviones de reconocimiento que sobrevuelan.
Pues eso:
Dado que el virus de la influenza porcina se contagia por contacto humano y veo a medio mundo con tapabocas, pues sólo espero que alguien me estornude para infectarme. En venganza, hacer una infectadera… Y que de pronto México entero quede aislado, mientras nos vamos enfermando del virus de la influenza porcina poco a poco.
Desde luego, en este escenario la mayoría de los mexicanos colgamos los tenis.
Como los ingleses en la película.
lunes, 27 de abril de 2009
Lo que nos faltaba

Como dicen en mi pueblo: ya éramos muchos… y parió la abuela.
Pues eso: ya no estaba yendo del carajo —crisis, desempleo, inseguridad, ejecuciones, narcotráfico, México pierde ante Honduras, más crisis, más desempleo, más violencia… por si ya se les había olvidado— y una epidemia de ébola… digo, de ántrax… digo, de Síndrome Respiratorio Agudo Severo… digo, de gripe aviar… digo, de influenza porcina, se nos vino a presentar a 15 días de que comiencen las campañas electorales.
Es decir, estamos en medio de una verdadera tragedia, cuyas consecuencias son de pronóstico reservado.
Por lo pronto, con lo previsores que somos los mexicanos —eso de planear y prever se nos da que ¡qué bárbaros!—, saldremos de esta para cuando “el presidente del empleo” esté a punto de entregar su administración.
Pero, eso sí, todos con nuestro respectivo tapabocas.
Porque deben saber que toda farmacia que se considere a sí misma decente en el Distrito Federal, estado de México, San Luis Potosí y comarcas aledañas, agotó desde el viernes su dotación de máscaras antigás —léase tapabocas—. Nunca antes la hoy floreciente industria de fabricar tapabocas había recibido tal demanda de su mercancía —al grado de que se está pensando en declarar epidemias cada cierto tiempo para que este sector saque a la economía del atolladero—.
Lo mismo pasa con el alcohol antibacterial en gel —si untado es bueno, cómo será tomado, me dijo un paisano que ya se había untado por dentro una dotación—. Las botellas de todos tamaños, especialmente las que tenían olor a alcanfor, se agotaron en menos que se los cuento.
Pero esa es otra historia.
Lo que les digo ahora a mis cuatro lectores es que la ley de Murphy se cumple a pie juntillas: si las cosas van más, pueden empeorar.
Y que no importa lo que seamos capaces de hacer, porque todavía puede ser peor.
Si no lo creen, piensen en su situación personal, ustedes que son trabajadores y padres de familia —como el arriba firmante—: hace apenas una semana que se habían terminado las vacaciones y todo el mundo respiraba tranquilo. Pero no terminó ni una semana de clases cuando los niños volvieron a sus casas, adonde permanecerán por lo menos hasta el 6 de mayo.
Pero la epidemia de influenza porcina que nos ataca ha obligado a cerrar todos aquellos lugares de multitudinaria convivencia, de modo que los niños se tienen que quedar en casa encerrados a piedra y lodo.
Lo que entraña un nuevo problema: no hay niño peor que el que está encerrado en casa por semana y media.
Lo que me lleva a citar la ley de Pudder: Todo lo que empieza bien, acaba mal: Todo lo que empieza mal, acaba peor. Y agregar: Nada es tan malo nunca como para que no pueda empeorar.
jueves, 23 de abril de 2009
Los libros
Se celebra hoy el día del libro.
Un día muy bonito. Como el día del niño. O del día de la madre.
Con una única excepción: nadie le regala nada a los libros. A veces ni siquiera una ojeada.
Ya saben: México es un país con muy pocos lectores y el promedio de lectura de los mexicanos es de medio libro al año, según algunas estadísticas. Otras sugieren libro y medio. Pero eso es lo de menos, porque lo que implica una estadística de esta naturaleza es que hay mexicanos que no leen ni un ejemplar de El libro vaquero en el año —cosa que supongo contaría para la estadística—.
A mí me gusta leer. Casi todo lo que cae en mis manos. Salvo algunos autores que encuentro ilegibles y libros de poemas que siempre encuentro incomprensibles —a la poesía en sí no le entiendo—. Desde chiquillo encontraba en la lectura mundos nuevos al alcance de un pueblo de —entonces— mil y tantos habitantes. No había internet ni wii. De lo contrario, nunca habría leído el enfrentamiento entre Mano amarilla y Bufalo Bill o acudido al faro del fin del mundo o cazado en Sumatra y Java o al lado de Demetrio Macías o Pepe El Diablo.
Pero para que les cuento.
Porque hoy lo que importa es el libro. El que sea. Bueno o malo. Best seller o infumable. Aunque debo destacar a los clásicos. Esos que hay que leer —aunque algunos resulten francamente engorrosos— porque hay que leer. Así sea unas líneas en la primaria, secundaria o preparatoria, pero casi todos entramos en contacto con los clásicos alguna vez en la vida.
De hecho, en alguno de los varios libros de memorias de José Vasconcelos —porque son tantas sus memorias que están divididas en varios libros— leí que cuando este personaje fue secretario de Educación Pública, se propuso editar una colección de libros clásicos que debían estar presentes en todas las escuelas del país. Algo así como las bibliotecas de aula de la actualidad, pero con calidad, en vez de cantidad —no importa qué leen los niños, el chiste es que engrosen la estadística—. No lo hizo y no recuerdo por qué, pero seguro que la culpa fue de alguno de los generalotes de la época posrevolucionaria.
Por eso ahora me ha regocigado el hecho de que alguien —no sé quién y es lo de menos— tuvo el tino de editar en la costosa Biblioteca Mexiquense del Bicentenario una serie de clásicos: Virgilio y Horacio, Esquilo, Sófocles y Eurípides, Platón, Plutarco, Don Juan Manuel y varios más.
Si esa colección de clásicos llega a donde debe llegar —es decir, a los infantes mexiquenses—, la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario se justifica por completo.
Y si esos escolapios son alentados a leer los clásicos hasta ahora publicados. Y se publican más. Pues qué mejor.
Un día muy bonito. Como el día del niño. O del día de la madre.
Con una única excepción: nadie le regala nada a los libros. A veces ni siquiera una ojeada.
Ya saben: México es un país con muy pocos lectores y el promedio de lectura de los mexicanos es de medio libro al año, según algunas estadísticas. Otras sugieren libro y medio. Pero eso es lo de menos, porque lo que implica una estadística de esta naturaleza es que hay mexicanos que no leen ni un ejemplar de El libro vaquero en el año —cosa que supongo contaría para la estadística—.
A mí me gusta leer. Casi todo lo que cae en mis manos. Salvo algunos autores que encuentro ilegibles y libros de poemas que siempre encuentro incomprensibles —a la poesía en sí no le entiendo—. Desde chiquillo encontraba en la lectura mundos nuevos al alcance de un pueblo de —entonces— mil y tantos habitantes. No había internet ni wii. De lo contrario, nunca habría leído el enfrentamiento entre Mano amarilla y Bufalo Bill o acudido al faro del fin del mundo o cazado en Sumatra y Java o al lado de Demetrio Macías o Pepe El Diablo.
Pero para que les cuento.
Porque hoy lo que importa es el libro. El que sea. Bueno o malo. Best seller o infumable. Aunque debo destacar a los clásicos. Esos que hay que leer —aunque algunos resulten francamente engorrosos— porque hay que leer. Así sea unas líneas en la primaria, secundaria o preparatoria, pero casi todos entramos en contacto con los clásicos alguna vez en la vida.
De hecho, en alguno de los varios libros de memorias de José Vasconcelos —porque son tantas sus memorias que están divididas en varios libros— leí que cuando este personaje fue secretario de Educación Pública, se propuso editar una colección de libros clásicos que debían estar presentes en todas las escuelas del país. Algo así como las bibliotecas de aula de la actualidad, pero con calidad, en vez de cantidad —no importa qué leen los niños, el chiste es que engrosen la estadística—. No lo hizo y no recuerdo por qué, pero seguro que la culpa fue de alguno de los generalotes de la época posrevolucionaria.
Por eso ahora me ha regocigado el hecho de que alguien —no sé quién y es lo de menos— tuvo el tino de editar en la costosa Biblioteca Mexiquense del Bicentenario una serie de clásicos: Virgilio y Horacio, Esquilo, Sófocles y Eurípides, Platón, Plutarco, Don Juan Manuel y varios más.
Si esa colección de clásicos llega a donde debe llegar —es decir, a los infantes mexiquenses—, la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario se justifica por completo.
Y si esos escolapios son alentados a leer los clásicos hasta ahora publicados. Y se publican más. Pues qué mejor.
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