Desde hace años tengo la certeza de que cuando los funcionarios públicos se ascienden al primer o segundo nivel, empiezan a vivir una realidad que está fuera del alcance del mexicano promedio.
Basta leer sus discursos o ver sus actitudes para darse cuenta de que su México es diferente del México de los de a pie —alternar con ellos sólo permite confirmarlo—. Ellos pueden pedir paciencia frente a la inseguridad, exhortar a la población a ponerle más empeño en su trabajo para remar contra la crisis e incluso pedir que la gente haga una vaquita pa’ cooperar al teletón. Incluso, negar que estemos en recesión.
Como lo hizo la Secretaría de Hacienda este fin de semana. “Para la mayor parte de los especialistas, una recesión se tiene cuando se registran dos o más trimestres de crecimiento económico negativo de manera consecutiva, algo que no ha sucedido aún en Estados Unidos desde la década pasada ni en México desde 2001”, afirma la Secretaría de Hacienda.
En otras palabras: oficialmente no estamos en crisis.
¿Que a ustedes, estimados cuatro lectores, no les alcanza en dinero?, ¿que les parece que ya todo está más caro?, ¿que la gasolina ha tenido al menos 25 incrementos este año?, ¿que el pasaje ya subió?, ¿que con su salario compra menos de lo que adquiría a principios de este año?, ¿que alguien al que usted conoce ya perdió su trabajo?, ¿su empresa se ha visto forzada a recortar personal o reducir las jornadas de trabajo?, ¿ha tenido que modificar sus planes a corto y mediano plazo?, ¿le debe un dineral al banco?, ¿maldice la hora en la que recibió la tarjeta de crédito que lo tiene ahorcado?, ¿ahora alterna su trabajo con algo de medio tiempo o la venta de algún producto?, ¿tiene que hace horas extra pa’ que alcance?, ¿le echa más agua a los frijoles?
Pues quién sabe cómo se llame eso.
Ni crisis ni recesión.
Oficialmente.
Pero es que este es otro México. No lo olvide.
domingo, 7 de diciembre de 2008
viernes, 5 de diciembre de 2008
Tigres del norte

A mí me gusta la música norteña. La ranchera, de banda y tropical.
En esta materia mis gustos son eclécticos, porque incluyen el flamenco, el son cubano, la cumbia colombiana —e incluso la peruana, que se cuece aparte—, el country, la trova y muchos otros estilos nacionales y extranjeros.
Pero si se trata de escoger, Joan Sebastian, El Lobito de Sinaloa, Los Tiranos del Norte, Sergio Vega, Conjunto Primavera, Los Huracanes del Norte, Los Primos de Durango y docenas de grupos y solistas están en mi repertorio.
Que desde luego, incluye a Los Tigres del Norte.
De estos últimos me ha dado mucho gusto que hayan participado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, un espacio habitualmente reservado para autores y editores. Y aunque seguramente en otras ocasiones han participado músicos y actores o actrices de todos tamaños, no tengo memoria de que un grupo populachero como los jefes de jefes hayan tenido participación en la mentada FIL.
Por si eso fuera poco, lo hicieron de la mano de uno de mis autores favoritos, el español Arturo Pérez-Reverte.
Por supuesto, la presencia de Los Tigres del Norte tuvo que ver con la novela La Reina del Sur, escrita por Pérez-Reverte —que a mi juicio es su novela menos atractiva—, que cuenta la historia de una narcotraficante mexicana afincada en España. Con todo y música norteña.
Hablaron —con Pérez-Reverte y Elmer Mendoza, al que algún día leeré— de Una épica de la frontera: música, pueblo y cultura.
Es decir, los que fueran músicos de cabaret y son eternos protagonistas de bailes populares, aparecieron en calidad de académicos. “Como no contamos con el lenguaje de estas dos personas [los escritores], trataremos de buscar las palabras adecuadas para expresarnos, porque nuestro trabajo no tiene nada que ver con esto. Nos daba temor estar acá, pero somos sinaloenses y expresivos”, dijo Jorge Hernández, el tigre mayor. Y agregó: “somos versátiles y en nuestras composiciones hay una infinidad de temas. Si seguimos vigentes después de tanto tiempo, es porque el pueblo nos cree. Lo único que hemos hecho es contar en una película que se vive todos los días”.
Como en aquellos días de Contrabando y traición, El Circo, El Celular, Pacas de a kilo, La camioneta gris, José Pérez León o El Muro.
jueves, 4 de diciembre de 2008
Topergüer
No me sorprende que las empresas que venden productos por catálogo vayan a tener 50 por ciento más vendedoras en México debido a la ya conocida crisis económica, la de hoy, claro, porque algunos no hemos podido salir de las crisis en los últimos 30 años.
No me sorprende porque muchas mujeres mexicanas son industriosas y cuando ven que faltan unos centavos —o cientos de pesos— en su casa, buscan la manera de contribuir al ingreso familiar —con la anuencia explícita de sus familias o con un silencio cómplice—. Así, docenas de mujeres se han convertido en vendedoras de Topergüer, Avón, Fuler, Stanjom, Merriquey, Amgüey, Andrea, Íntima, y quién sabe cuántas marcas más de cosméticos, artículos para el hogar, zapatos, ropa, colchas y lo que se ofrezca.
Algunas tienen tanta suerte que convierten sus esfuerzos en verdaderos negocios. A otras les sirve para ganarse unos pesos, para algunas se convierte en un pasatiempo en el que ganaron dinero, y muchas desisten al no vender ni un bilé.
Pero para las futuras vendedoras por catálogo —incluso para las actuales—, el problema que viene es ¿a quién demonios le van a vender?
Porque si muchas de ellas se volvieron vendedoras porque las corrieron de su trabajo, muchas otras personas —y personos, dirían los promotores del “equilibrio” en el lenguaje— se están quedando igualmente sin trabajo, por consecuencia, sin ingresos… y a menos que sean unos idiotas redomados, no van a gastar el poco dinero que tienen en el perfumito, el recipiente, la crema o el edredón, a menos que les resulte una compra indispensable e inaplazable.
Y aunque muchas de esas compras se realizan en cómodos abonos, en estas circunstancias económicas de desempleo, bajos ingresos y alta inflación, a nadie le gusta que cada quincena aparezca la abonera —o el abonero, que también los hay varones— reclamando un pago pendiente.
No quiero ser agorero del desastre, pero el pesimismo económico me domina.
Claro, nunca falta la señora o el señor que le debe a medio mundo y sigue comprando por catálogo a cuanto fulano se le pone enfrente. Es que una de la debilidad de los mexicanos es que no sabemos decir no y mucho menos cuando un conocido nos ofrece “en pagos” un par de zapatos o un termo.
Pero como dicen, el Sol sale para todos, y aunque haya un verdadero ejército de vendedoras por catálogo, no faltarán compradores que hipotequen sus magros ingresos.
Aunque esos clientes serán menos. De eso estoy seguro.
No me sorprende porque muchas mujeres mexicanas son industriosas y cuando ven que faltan unos centavos —o cientos de pesos— en su casa, buscan la manera de contribuir al ingreso familiar —con la anuencia explícita de sus familias o con un silencio cómplice—. Así, docenas de mujeres se han convertido en vendedoras de Topergüer, Avón, Fuler, Stanjom, Merriquey, Amgüey, Andrea, Íntima, y quién sabe cuántas marcas más de cosméticos, artículos para el hogar, zapatos, ropa, colchas y lo que se ofrezca.
Algunas tienen tanta suerte que convierten sus esfuerzos en verdaderos negocios. A otras les sirve para ganarse unos pesos, para algunas se convierte en un pasatiempo en el que ganaron dinero, y muchas desisten al no vender ni un bilé.
Pero para las futuras vendedoras por catálogo —incluso para las actuales—, el problema que viene es ¿a quién demonios le van a vender?
Porque si muchas de ellas se volvieron vendedoras porque las corrieron de su trabajo, muchas otras personas —y personos, dirían los promotores del “equilibrio” en el lenguaje— se están quedando igualmente sin trabajo, por consecuencia, sin ingresos… y a menos que sean unos idiotas redomados, no van a gastar el poco dinero que tienen en el perfumito, el recipiente, la crema o el edredón, a menos que les resulte una compra indispensable e inaplazable.
Y aunque muchas de esas compras se realizan en cómodos abonos, en estas circunstancias económicas de desempleo, bajos ingresos y alta inflación, a nadie le gusta que cada quincena aparezca la abonera —o el abonero, que también los hay varones— reclamando un pago pendiente.
No quiero ser agorero del desastre, pero el pesimismo económico me domina.
Claro, nunca falta la señora o el señor que le debe a medio mundo y sigue comprando por catálogo a cuanto fulano se le pone enfrente. Es que una de la debilidad de los mexicanos es que no sabemos decir no y mucho menos cuando un conocido nos ofrece “en pagos” un par de zapatos o un termo.
Pero como dicen, el Sol sale para todos, y aunque haya un verdadero ejército de vendedoras por catálogo, no faltarán compradores que hipotequen sus magros ingresos.
Aunque esos clientes serán menos. De eso estoy seguro.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
En esta crisis, a ver quién se atreve, parte dos
Resulta que los gerentes ejecutivos de los tres grandes fabricantes de autos en Estados Unidos propusieron reducir sus salarios a un dolar al año con la esperanza de recibir un préstamo de emergencia del Congreso estadunidense. El sacrificio no es nuevo, un directivo japonés anunció
una medida semejante.
En el caso gringo, Ford, Chrysler y General Motors necesitan —informa la BBC— entre los tres 34 mil millones de dólares para evitar el cierre de sus fábricas. Y el anuncio de sus directores es, antes que todo, político.
una medida semejante.
En el caso gringo, Ford, Chrysler y General Motors necesitan —informa la BBC— entre los tres 34 mil millones de dólares para evitar el cierre de sus fábricas. Y el anuncio de sus directores es, antes que todo, político.
Todos los días se muere gente buena

Todos los días. Unos más buenos que otros. Y lamenta esta muertes. Aunque también hay casos en los que se muere gente que uno celebra… ya sea porque eran unos hijos de tales por cuales o porque sus padecimientos eran tales que era mejor que pasara al otro barrio.
En el caso de Carlos María Abascal Carranza, que se nos murió ayer, pues cada quien tendrá su opinión.
Yo lo conocí en el periodo de 1995 a 1997 cuando fue presidente de la Confederación Patronal de la República Mexicana —con mi cuate Fausto Beltrán como dirigente local— y me resultaba simpático. Como secretario de Trabajo y de Gobernación en el sexenio foxista, gracias a Dios no tuve tratos con él, aunque tuvo decisiones cuestionables, porque así es el servicio público: no se puede quedar bien con todos.
A Abascal Carranza no le hizo justicia la historia contemporánea, su yerro paternal de censurar Aura de Carlos Fuentes en la escuela de su hija, siendo secretario del Trabajo, fue una loza con la que cargó todo el sexenio. Y lo hizo ver como un hombre intolerante, fanático religioso y déspota. Cosas que creo que no era. Porque a pesar de ser rígido y católico practicante, no era —al menos en la época en la que lo conocí— autoritario ni un tirano.
La prueba está en que siendo líder del sindicato patronal más importante del país —que eso es la Coparmex, un sindicato— logró convencer al extinto Fidel Velázquez de la utilidad de firmar un acuerdo para la “nueva cultura laboral”, un documento que cambió la percepción de las factores de la producción entre sí. No se ha logrado traducir en una reforma a la legislación laboral, desgraciadamente.
Y no sé quién pueda presumir de haber convencido a don Fidel Velázquez.
Porque de absolutismos a absolutismos, el extinto dirigente de la Confederación de Trabajadores de México decía quítate, que ai te voy.
Recuerdo haber aprendido mucho de esas asambleas de Coparmex y de las conferencias e intervenciones de Abascal Carranza. También de otros otros fulanos de la Coparmex de los que otro día hablaré.
martes, 2 de diciembre de 2008
Chachalaca

Algunos ya lo sospechábamos. Otros tenían la certeza. Pero la mayoría lo ignoraba.
Es que la sola existencia de Foxilandia, ese lugar idílico donde no pasaba nada y todo iba viento en popa, ya era sospechoso. Como lo fue también que el hecho de aquel que sacó al PRI de Los Pinos fue incapaz de hacer a un lado a su amante, y luego su esposa, de las decisiones más trascendentales de la vida pública de este país llamado México.
Sólo lo que ha revelado la iglesia Católica —difundido por la revista digital Reporte Índigo— explica los hechos: el expresidente Vicente Fox padece “serios trastornos sicológicos”. El expresidente es “narcisista e histriónico”.
Lo dicho: para algunos era una sospecha, porque no es normal que un ser humano —así sea el presidente de la república— se comporte como se comporta Fox Quesada.
La revelación de la iglesia Católica tiene efectos para el intento de Vicente Fox se matrimoniarse con Martha Sahagún.
Pero trasciende al ámbito público, porque muestra la personalidad de un señor que nos gobernó seis años y que cometió yerros que hoy estamos pagando —como lo de la megabiblioteca o su intromisión en la elección de 2006—.
El narcisista, en una definición práctica —extraída de la wikipedia— “sobreestima sus habilidades y tiene una necesidad excesiva de admiración y afirmación. Estos desórdenes pueden presentarse en un grado tal, que se vea severamente comprometida la habilidad de la persona para vivir una vida feliz o productiva al manifestarse dichos rasgos en la forma de egoísmo agudo y desconsideración hacia las necesidades y sentimientos ajenos”.
Eso ocurrió y sigue ocurriendo con Vicente Fox, y no sé en qué medida con su amancebada pareja —el amancebado es para el catolicismo aquel que vive en pareja, pero sin boda religiosa—.
Porque a pesar de que El Vaticano ha establecido que para casarse necesita un permiso y someterse a tratamiento para superar su trastorno mental, Vicente Fox insiste en que se casará por la iglesia, llegando a fijar el lugar, el santuario de Covadonga, en Asturias, pueblo natal de su abuela materna y donde fue homenajeado hace poco —¿alguien duda de la necesidad excesiva de afirmación?—.
No podría afirmar que Vicente Fox se encuadra en una clasificación de enfermo mental, pero ahora estoy cierto que nos gobernó seis años un sujeto con serios problemas en la cabecita. Y que, entre otras cosas, por esos estamos como estamos: Él en su Foxilandia y nosotros en la ruina.
lunes, 1 de diciembre de 2008
Mamarachos y mamarrachas
En la idea de ser políticamente correcto, algunos de nuestros políticos llegan al límite de demostrar que son completamente imbéciles y que carecen de asesores que los conduzcan por el camino de la razón.
Y no me refiero ni a los asuntos de seguridad pública ni a los funcionarios que cumplen 24 meses de “servir” al país hoy.
Me refiero a quienes se empeñan en tener un discurso “de género”, donde hagan alusión a los personos y las personas, los humanos y las humanas, los electores y las electoras, los jóvenes y las jovenas…
Como la diputada Alma Lilia Medina Macías, que ha tenido a bien lanzar la peregrina idea de consagrar el 2009 como “Año de la no violencia entre las y los jóvenes” (sic).
La diputada Medina y sus asesores —que entre todos deben cobrar una fortuna del erario público que los obligaría cuando menos a conocer correctamente el idioma español— deben ser ignorantes de que la palabra joven, y su plural jóvenes, son sustantivos y adjetivos neutros.
Joven, según la Real Academia de la Lengua Española significa: De poca edad o persona que está en la juventud.
Dicho de otro modo: jóvenes incluye a hombres y mujeres “de poca edad” o “que están en la juventud”.
Pero como se trata de dorar la píldora…
Hay que buscar congraciarse con los jumentos que creen que corrigiendo por sus pistolas el idioma cambian el equilibro entre hombres y mujeres, buscando simpatizar con algunas minorías que en conjunto forman un número considerable de electores y electoras que son un jugoso mercado para los miembros y miembras de los partidos políticos.
Y claro, siempre salen con su batea de babas de que el idioma es machista. O sexista. O que impide la igualdad.
Algunos de estos políticos lo hacen por una pretensión de género, pero otros por seguir el discurso que se impuso en el sexenio foxista —incluyendo el del empoderamiento de la mujer de la señora Martha—.
Se dejan ver como integradores e incluyentes, especialmente cuando destinan sus baterías discursivas reivindicadoras a las mujeres y los minusválidos, como ocurrirá esta semana, cuando parapléjicos, poliomielíticos, cuadrapléjicos, mancos o cojos queden incluidos en la definición políticamente correcta de discapacitados, aunque en el diccionario queden perfectamente definidos.
Y no me refiero ni a los asuntos de seguridad pública ni a los funcionarios que cumplen 24 meses de “servir” al país hoy.
Me refiero a quienes se empeñan en tener un discurso “de género”, donde hagan alusión a los personos y las personas, los humanos y las humanas, los electores y las electoras, los jóvenes y las jovenas…
Como la diputada Alma Lilia Medina Macías, que ha tenido a bien lanzar la peregrina idea de consagrar el 2009 como “Año de la no violencia entre las y los jóvenes” (sic).
La diputada Medina y sus asesores —que entre todos deben cobrar una fortuna del erario público que los obligaría cuando menos a conocer correctamente el idioma español— deben ser ignorantes de que la palabra joven, y su plural jóvenes, son sustantivos y adjetivos neutros.
Joven, según la Real Academia de la Lengua Española significa: De poca edad o persona que está en la juventud.
Dicho de otro modo: jóvenes incluye a hombres y mujeres “de poca edad” o “que están en la juventud”.
Pero como se trata de dorar la píldora…
Hay que buscar congraciarse con los jumentos que creen que corrigiendo por sus pistolas el idioma cambian el equilibro entre hombres y mujeres, buscando simpatizar con algunas minorías que en conjunto forman un número considerable de electores y electoras que son un jugoso mercado para los miembros y miembras de los partidos políticos.
Y claro, siempre salen con su batea de babas de que el idioma es machista. O sexista. O que impide la igualdad.
Algunos de estos políticos lo hacen por una pretensión de género, pero otros por seguir el discurso que se impuso en el sexenio foxista —incluyendo el del empoderamiento de la mujer de la señora Martha—.
Se dejan ver como integradores e incluyentes, especialmente cuando destinan sus baterías discursivas reivindicadoras a las mujeres y los minusválidos, como ocurrirá esta semana, cuando parapléjicos, poliomielíticos, cuadrapléjicos, mancos o cojos queden incluidos en la definición políticamente correcta de discapacitados, aunque en el diccionario queden perfectamente definidos.
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